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Jacko Badillo aprueba su prueba antidoping y reta a Ricardo Taja a un examen toxicológico

Foto: Digital Guerrero.

JackoBadillo no se rinde aunque todos lo den por muerto en la carrera por la alcaldía y prueba de ello, es que está dando mucho material para la polémica en los últimos días.

Jacko Badillo ha manifestado que todos los candidatos deben de estar libre de consumo de drogas y por esta razón se realizó el día de hoy un examen toxicológicos, cuyos resultados determinaron que está limpio de sustancias como cocaína, mariguana, drogas sintéticas, metanfetaminas e incluso barbitúricos.

Jacko Badillo hizo un llamado a los demás candidatos a que se hagan la prueba y lamento que existan algunos candidatos, como en el caso del PRI, que se resiste a hacérselo, y otros que dicen que van a esperar.

“Yo no sabía, pero dice la especialista que puede haber un proceso de desintoxicación, tal vez eso esté esperando alguien, que le dé tiempo de desintoxicarse”, lo cual sería otra forma de mentir y pretender engañar a la ciudadanía.

Señores y señoras, aquí esta Jacko y no lo descarten, porqué su equipo asegura que le tienen preparadas muchas sorpresas al candidato priísta en los próximos días.

Primero le pegaran al PRI y luego nos asegurarón que irán por la candidata de Morena.

Los guerra ha comenzado.

Jornada Violenta en Pleno Puente: 10 muertos en Acapulco

Asesinaron al… ¿bueno?

Chilpancingo, México.-CHILPANCINGO.- En otra jornada de violencia en Guerrero , once personas fueron asesinadas, diez de ellas en Acapulco, indicaron fuentes de la Secretaría de Seguridad Pública Estatal.


La madrugada de este domingo un grupo de sujetos armados irrumpió en el domicilio de una familia, ubicado en la calle Cedros, Colonia Revolución, en la periferia del puerto de Acapulco, mató a dos sujetos e hirió a dos más.

Además, fue encontrado un sujeto muerto frente a la playa de Barra Vieja. El cuerpo de la víctima, identificado como Francisco por autoridades, tenía varios orificios de bala.

Autoridades reportaron también que un hombre asesinó a golpes a su mujer en la Colonia Navidad de Llano Largo.

Los hechos ocurrieron frente a la plaza comercial “El Patio”. El agresor fue detenido por elementos de la Policía Estatal.

A su vez, una señora y un menor de edad fueron asesinados en la Colonia Casas Palenque. De acuerdo con la autoridad, varios sujetos armados entraron a la casa de la mujer y el niño y los mataron.

En la carretera federal Acapulco-México, a la altura de la Colonia Moctezuma, un grupo de sujetos mató a tiros a dos hombres. Las víctimas iban caminando, indicaron las autoridades, cuando los agresores accionaron sus armas contra ellos.

En la Avenida Las Parotas, cerca de la Colonia de Las Cruces, un individuo que caminaba por esa vía fue asesinado a balazos por un sujeto.

En la localidad de San Miguel Totolapan, en la región de Tierra Caliente, fue encontrado un mecánico sin vida. Conocida con el nombre de Erasmo, la víctima presentaba varios orificios de bala.

La (re) caída del Sol 

Soy como quiero ser..

Cancelaciones de conciertos, bajas ventas de discos, perdida de seguidores, deudas y demandas son algunos de los problemas que enfrenta el cantante Luis Miguel, por lo que según una revista del corazón mexicana esta en crisis y deprimido.

Al menos eso es lo que asegura un amigo muy cercano del intérprete.


“En toda su vida ha pasado por varias crisis, pero creo que ésta es la peor y más grande que ha tenido en sus 34 años de trayectoria. Nunca le había pasado lo que está viviendo hoy: conciertos cancelados por enfermedad o porque se la pasa en el alcohol y las drogas” dijo la fuente a la revista de chismorreo. La misma persona indicó que Luis Miguel se encuentra deprimido y no deja que lo ayuden.


Según la revista, Luis Miguel cometió un serio error profesional al despedir a Alejandro Asensi, el mánager con el que tuvo más éxito, por sostener un romance con su hija Michelle. Debido a las dificultades económicas, incluso aceptó hacer palenques, cuando antes no los tomaba en cuenta.


Respecto a sus múltiples demandas, el pasado mayo se supo que perdió un proceso que emprendió en su contra su ex mánager, William Brockhaus, por lo que deberá pagar cinco millones de dólares.


El sol se esta apagado y nadie parece detenerlo.

Cuando Acapulco era de ‘La Barbie’ 

Solo quedan los recuerdos…

‘La Barbie’ en Acapulco: las fiestas y la ola de terror

Por Vanessa Pigeonutt.

Acapulco, Guerrero.- Meses antes de su detención, Édgar Valdez Villarreal, La Barbie, comió en un restaurante de la zona Diamante de Acapulco, un exclusivo lugar de la joya del Pacífico donde el capo disfrutaba departir con socios, pistoleros y operadores financieros. Fue la última vez que cerró para él ese local, como hacía con otros. Pidió para todos lo mismo: jugosos cortes argentinos y champán.

“Celebrarían algo”, relata un testigo de esa escena a EL UNIVERSAL y pide el anonimato. Recuerda que el narcotraficante de origen estadounidense, uno de los más sanguinarios en la historia de los narcos en Guerrero, reía con sus amigos y brindaba. De lejos parecía una reunión alegre, de lo más normal. “Como si La Barbie no fuera La Barbie (…) ¡Lucía como cualquier cliente devorando carne!”. Sobre la mesa, una copa de su bebida favorita: Moët & Chandon.

El lugar cerró por completo, una rutina que ordenaba Édgar Valdez Villarreal en sus sitios predilectos. Esa vez, ahí, sería la última. Se acomodaron cubiertos para 30 personas. Algunas entraron armadas. Todo cerca de la medianoche, cuando había poca gente en la zona.

Llegaron seis camionetas y bajaron quienes iban a cenar. Otros hombres acomodaron las unidades a pocos metros del sitio. Esperaron no más de tres horas.

“Édgar se reía mucho ese día”. Era un joven cortés, pero al caminar miraba por arriba del hombro. No todo el tiempo hablaba en español, en ocasiones y sin gritar, lo hacía en inglés. Se le colaban frases simples como: “That’s, ok”. En la zona no ponían tonadas a alto volumen, pero los gustos musicales de Valdez Villarreal siempre fueron estruendosos: corridos diversos, en especial el suyo, y música norteña.

Esa noche, el testigo recuerda que fue a mediados de marzo de 2010. Entre pláticas triviales y choque de copas, era impensable que los días en libertad de La Barbie estuvieran por terminar. Esos de noches enteras en antros como Palladium y Clásico del Mar, ubicados en la famosa colonia Escénica de Acapulco.

Faltaba poco para que llegara el fatídico 30 de agosto de 2010. En esa fecha, en un operativo dirigido por la Policía Federal (PF), sin disparos, La Barbie fue detenido; a partir de ese día no cantaría más sus predilectas norteñas en restaurantes, como acostumbraba. Posesión de armas, privación ilegal de la libertad, delitos contra la salud y delincuencia organizada, entre los cargos que se le imputaron.

“La Barbie era y es La Barbie. Por esa razón no es conveniente que uno lo ande recordando”, dice el testigo sobre el narcotraficante. Sin embargo, asegura, de lejos parecía normal: “¡Pero ve cuánto muerto por su culpa!”.

La llegada

La historia de Édgar Valdez Villarreal cobró notoriedad en Guerrero después de la muerte de Carlos Esteban Landeros Sánchez, en febrero de 2006, cuando el lugarteniente de Joaquín Guzmán Loera, líder del Cártel de Sinaloa, murió en un enfrentamiento con policías preventivos de Acapulco, en ese municipio. El saldo: cuatro muertos.

En esa época, La Barbie seguía al mando de Arturo Beltrán Leyva, El Jefe de Jefes, y vivía en Laredo, Tamaulipas. La Fiscalía General del Estado (FGE) reconoce 2006 como “el antes y el después de la ola de violencia en Guerrero”, cuando el ex presidente Felipe Calderón declaró la guerra contra el crimen organizado.

A La Barbie se le recuerda en varios momentos en Acapulco. En el puerto es uno de los hombres más presentes en la memoria de comerciantes, prestadores de servicios y pobladores consultados por EL UNIVERSAL. Cuando escuchan su nombre piensan en las balaceras, muertes y violencia que dejó, pero también porque llegó a cerrar, para él y sus amigos, el Baby’O, la disco más afamada de la historia de Acapulco, ubicado en la costera Miguel Alemán.

Otro de sus antros favoritos era El Alebrije, donde algunas botellas de champán costaban 16 mil pesos y era llevada a la mesa con un espectáculo: una persona de baja estatura vestida de Superman era lanzada por un mesero, al tiempo que explotaba pirotecnia.

Las aventuras de alcohol, diversión, drogas y mujeres de La Barbie no son 100% verificables. En el caso del Alebrije, cerró en 2013 por la violencia, por ejemplo, pero varios acapulqueños que coincidieron en esa época con el capo están seguros de lo que vieron. Lo recuerdan como el hombre ejercitado que llegaba a pagar cuentas por arriba de los 100 mil pesos. Muchos dicen que La Barbie presuntamente compartía con hijos de políticos y famosos en esos sitios.

Desde la muerte de Arturo Beltrán Leyva, El Barbas, en diciembre de 2009, durante un operativo coordinado por la Secretaría de Marina en Cuernavaca, Morelos, donde también fue abatido Miguel Ángel Araujo Moreno, El Buche, mano derecha de El Jefe de Jefes, Valdez Villarreal asumió como nuevo líder autónomo en el puerto y estableció operaciones solo, al menos durante ocho meses: de enero a agosto, momento de su detención.

Con la ayuda de su suegro, Carlos Montemayor, alias El Charro, La Barbie se apoderó, desde principios de 2010 y hasta el momento de su captura, de la estructura que él mismo formó para los hermanos Beltrán Leyva desde 2006. Édgar supo esperar. Pasó por varios jefes hasta llegar a ser mandamás.

Ese año, en el que la Secretaría de Gobernación (Segob) reporta mil 500 homicidios en Guerrero, Albertico Guinto Sierra, ex procurador, señaló que varios enfrentamientos tenían que ver directamente con La Barbie, quien fue disciplinado para llegar a ser el jefe de sus propias operaciones: primero se cuadró con Osiel Cárdenas Guillén, quien dirigía el Cártel del Golfo; luego con los hermanos Beltrán Leyva, hasta integrar, por un periodo de ocho meses, su propia célula, que la PF denominó, al detenerlo, como la banda de Los Negros, que creó con la ayuda de Gamaliel Aguirre Tavira, El Güero Huetamo, su jefe de sicarios.

Fue él quien se encargó del negocio en colonias de la periferia, por ejemplo, en Emiliano Zapata, Ciudad Renacimiento y Simón Bolívar. El Güero Huetamo fue detenido en julio de 2010.

Su suegro, El Charro, otra pieza importante para La Barbie, fue capturado tres meses después que él, el 24 de noviembre de 2010, acusado de ser presunto culpable del secuestro y asesinato de 20 turistas de Michoacán, quienes fueron levantados y muertos en Acapulco en septiembre de 2010. La PF atribuyó en un principio el crimen como una confusión del grupo de La Barbie con La Familia Michoacana.

El poderío del ojiverde, a quien la Procuraduría General de la República (PGR) achaca la organización de los informantes de la delincuencia organizada en Acapulco y el esquema general en el resto del país de cómo operan hasta la fecha —con celulares, subidos en motocicletas, resguardando determinados puntos de venta, de paso, estratégicos— terminó en ese año tras su arresto, pero la FGE reconoce que ese modus operandi lo mantienen grupos locales.

Trasiego a lo grande

Como ejemplo de su poderío al construir su propio imperio en un periodo corto, de acuerdo con documentos desclasificados por la Fiscalía Federal de Georgia, Estados Unidos, en poder de EL UNIVERSAL, se revela que una vez, desde Colombia, el capo recibió un envío de 3 mil kilos de cocaína a Acapulco en un barco de pesca, razones de sobra para que los Beltrán quisieran hacerlo a un lado del negocio.

La Secretaría de Seguridad Pública (SSP) explicó que el choque entre bandos desató la ola de violencia más cruenta, de la que hay episodios similares en estos días en Acapulco. Entre los muertos de marzo y abril de 2010 hubo comandantes de la Policía Ministerial, de la Policía Municipal de Acapulco y miembros del Ejército, además de sicarios y narcomenudistas.

Las balaceras de marzo ocurrieron en varios puntos de Acapulco, en las calles de Baja California y Michoacán, de la céntrica colonia Progreso, y otras más en Vicente Guerrero, a la salida por la carretera antigua.

En Ajuchitlán del Progreso —la FGE ubica a esa región, después de Acapulco, con más presencia de grupos y células delictivas—, sujetos armados atacaron a los militares, quienes repelieron la agresión, pero murió un elemento del 49 Batallón, con sede en Ciudad Altamirano.

Muy cerca de donde La Barbie tenía una casa, en el exclusivo fraccionamiento Las Brisas, en el municipio de Acapulco, fueron localizados otros dos cuerpos decapitados y con huellas de tortura.

La gente todavía recuerda que por esos días La Barbie era más famoso que nunca. No sólo por los titulares en los periódicos, sino porque había infundido una nueva ola de terror.

La herencia de violencia después de los días de La Barbie en Guerrero es verificable en cifras. La Segob acepta que el año con mayor número de muertos fue 2012: 2 mil 310, seguido de 2013, con 2 mil 87 homicidios. Para 2014 hubo una disminución, mataron a mil 514 personas, mientras que en los últimos dos años las cifras van al alza: en 2015 fueron asesinados

2 mil 16, y en lo que va de 2016, el fiscal del estado, Xavier Olea, reconoció que hay mil 251 homicidios, el número más alto de todos.

La costera fue suya

EL UNIVERSAL recorrió la costera Miguel Alemán, el área de La Escénica, donde el capo evidenció sus relaciones con el cantante Ramón Ayala, con la Miss Universo Alicia Machado y con algunos políticos.

El ex alcalde de Acapulco, Manuel Añorve Baños, actual diputado federal, fue acusado por Rubén Figueroa Smutny, hijo del cacique y ex gobernador Rubén Figueroa Alcocer, de tener nexos con el narco.

Acapulco, de acuerdo con la FGE, está en manos de 10% de las más de 50 células que operan en la zona (varias escisiones de cárteles que han perdido poder). Uno de los grupos que ha perdido terreno es el de los Beltrán Leyva.

Cuando detienen a Montemayor, suegro de La Barbie, señala que hay una estrategia para incriminarlos sobre todo del asesinato de los 20 michoacanos en 2010. Le echaron la culpa a Moisés Montero, El Koreano; Benjamín Flores Reyes o Celestino Flores Reyes, El Padrino; Hever Jair Sosa Carvajal, El Cremas; y Cristian Hernández, Cris, integrantes del Cártel Independiente de Acapulco, última división de los Beltrán Leyva —de mayor presencia en Acapulco—, cuyo operador principal sigue libre: Carlos Antonio Barragán Hernández, El Melón.

Nuestro testigo asegura que La Barbie a veces se emborrachaba y pedía que tararearan su corrido, aquel con el que se le rendía pleitesía al Cártel de Sinaloa y cuya letra dice: “Traigo la camisa bien puesta y también al tiro. Estoy muy agradecido, también me siento orgulloso de ser parte del cártel más grande y más poderoso, Culiacán”.

Publicado en El Universal

Luis Miguel afirma que se fue de #Acapulco por la Inseguridad

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Héroes caídos.

Agencia Reforma.

CIUDAD DE MÉXICO.- Por temor a la delincuencia e inseguridad, Luis Miguel puso a la venta su casa de Acapulco, pero no pudo concretar una oferta de 15 millones de dólares para deshacerse de ella.

Una declaración del cantante durante el juicio que le inició su ex mánager personal, William Brockhaus, revela que operaciones inmobiliarias fallidas en Acapulco y Miami orillaron a Luis Miguel a rescindirle el contrato en 2014.

El 29 de octubre de 2015 Luis Miguel rindió una declaración jurada en un despacho de abogados en Park Avenue, en Nueva York, en la que dijo desconocer prácticamente todos los aspectos de sus negocios y dio algunas respuestas confusas.

“Era una época muy mala en México cuando empezó, tú sabes, toda la, tú sabes, (in)seguridad y la época muy mala para México, así que tomamos la decisión de mudarnos de Acapulco, de México, ¿no?, por mi seguridad, sí”, respondió el cantante a una de las preguntas de Kenneth Kelly, abogado de Brockhaus.

Luismi y Brockhaus coincidieron en que había una oferta de 15 millones de dólares por la casa, pero no dijeron quién la hizo.

El ídolo, de 46 años, se quejó de que los clientes nunca pudieron encontrar a Brockhaus para cerrar el trato, por lo que la casa fue vendida meses después por un precio mucho menor, aunque dijo no saber cuándo, a quién o cuál fue el monto. Sólo recordó que parte del pago incluyó un yate.

Según Brockhaus, sí habló con la persona que ofreció 15 millones de dólares, pero no hubo una oferta por escrito.

También dijo que voló a la Ciudad de México para ver a otro posible cliente, de apellido Mezzori y que ofreció 10 millones de dólares, pero tampoco lo concretó.

Durante la declaración, Luis Miguel respondió más de 100 veces que no sabía o no recordaba aspectos de su vida profesional e incluso dijo desconocer a qué se dedica su empresa, Lion Productions, que recibe todos los ingresos por sus actividades.

El tema de Miami resultó en una demanda del intérprete, quien pagó un millón de dólares como anticipo para un condominio de 5 millones en el St. Regis Bal Harbour, la zona más lujosa de la ciudad.

Cuando el edificio fue terminado, Luis Miguel se arrepintió de la compra, pero St. Regis se negó a devolverle el millón, por lo que el cantante lo demandó.

“Brockhaus estaba muy contento de que nos arregláramos por 100 mil dólares”, declaró Luis Miguel.

“Eso da un ejemplo de su incompetencia, que me ha hecho perder millones y millones y millones de dólares personal y profesionalmente, ¿okay?”.

El arreglo, según Brockhaus, fue que la estrella compró un departamento de 1.5 millones de dólares, que luego revendió.

Brockhaus manejó de 2012 a principios de 2014 la logística de Luis Miguel en sus giras, y el cantante no pudo mencionar algún ejemplo de incompetencia en esa materia.

Lamentó el “terrible costo personal” de la ruptura con Brockhaus, pues él y su esposa, Michelle, fueron sus amigos cercanos durante décadas.

“Una muy buena, muy bella amistad que tuvimos por muchos, muchos años, donde yo los invité, tú sabes, a muchos, muchos viajes de vacaciones, tú sabes, juntos, como mis invitados, claro. Y me siento, honestamente, en shock de saber que esto está pasando y estoy muy, muy afectado, afectado personalmente, afectado en mi carrera”, dijo.

Conclusiones: Luis Miguel, ya deja las drogas.

ASÍ LO DIJO

“(En 2014) Tomamos la decisión de mudarnos de Acapulco, de México, ¿no?, por mi seguridad, sí”.

Luis Miguel, cantante.

Detienen a integrante de Los Rojos con 12 kilos de Heroína

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En un operativo conjunto, personal de la Procuraduría General de la República (PGR) y de la Policía Federal (PF) detuvieron en días pasados a un integrante del cártel de Los Rojos, que transportaba más de 12 kilos de heroína que tenían como destino el mercado estadunidense y que se estima alcanzarían un valor de hasta 25 millones de pesos.

El titular de la Unidad Especializada en Investigación de Terrorismo, Acopio y Tráfico de Armas, José Arturo López Ibarra, informó en conferencia de prensa que los hechos ocurrieron en la carretera Chilpancingo-Cuernavaca.

Precisó que el probable responsable circulaba en un vehículo que contaba con un compartimento oculto manipulado con un sofisticado mecanismo electrónico y al revisarlo se encontraron 10 paquetes que contenían más de 12 kilos de heroína.

Indicó que en su declaración el detenido dijo que el narcótico provenía de Chilpancingo, Guerrero, y sería entregado en Cuernavaca, Morelos, teniendo como destino final Estados Unidos, para su distribución y comercialización al menudeo.

Explicó que el estupefaciente decomisado alcanza un precio muy elevado en el mercado del narcomenudeo, debido a que por cada kilo de heroína se obtienen más de seis mil dosis y cada una tiene un costo aproximado de 300 pesos.

“Es decir, por la cantidad asegurada de más de 12 kilogramos de heroína, se habrían obtenido más de 25 millones de pesos; precio que aumenta dependiendo del lugar donde es comercializada”, detalló.

The New Abolitionists by Paul McLeary

Operation Underground Railroad, a small Mormon-led group, is going undercover 
to rescue kids from sex trafficking. But is its brand of salvation working?

By Thomas Stackpole.

On a warm morning in March, an American man named Paul stands on the balcony of a sprawling stucco mansion in Acapulco, Mexico. In the distance, the spring sun glimmers on the city’s harbor, nestled among iconic white beaches and lush peaks. Acapulco is quiet—relatively speaking anyway. Caught in the cross-hairs of the country’s gruesome drug war, a city that once bustled with cruise ships and spring-breakers now has the ignominious distinction of being Mexico’s murder capital: 590 people were killed there in 2014.

The co-founder of a multibillion-dollar real estate investment fund, Paul is on the cusp of middle age. His short, graying hair is thick with gel, and he wears a pale blue shirt, sunglasses, and a Bentley-edition Breitling watch. He has come south of the border to take advantage of Acapulco’s seedy underbelly. He isn’t after property or drugs, however. He’s looking for sex with underage girls.

Down below, a dozen other gringos are scattered around the mansion’s pristine infinity pool. A mix of associates and Paul’s imposing security detail—hulking ex-military types in Oakley shades—they sip beers and chew on cigars. On the balcony’s railing, Paul carefully props an iPhone against a wine bottle so that he can look at the live visage of a friend in Silicon Valley, beamed in on FaceTime to watch the lurid show. “I have to apologize,” Paul says. “There are only two girls coming.”

A little after midday, the girls arrive. They have long, dark hair and are squeezed into strapless dresses. Leading them into the backyard is Mario, their squat, grim pimp. Men around the pool shout, “Hey, hey, Super Ma-ri-ooo!”

The girls greet the gringos with cheek kisses and totter in stilettos into an airy living room next to the lawn. There, a thick-armed security guard with a drooping blond mustache introduces himself as Brian and expresses some concerns to the pimp: Paul and his entourage got some young girls a few months ago, Brian explains, but when the boss started touching them, they flipped out. “If it happens again, I’m fired,” he says. “So are these girls going to do everything?” Anal sex, Mario answers, “depends on how big” Paul is. But he insists the girls are game. Brian turns to one of them and asks how old she is. “Voy a cumplir diez y seis,” she replies—almost 16.

At a wrought-iron patio table, the final details are hashed out as Paul and the Silicon Valley voyeur watch from above: $1,000 for the girls—half up front, half after the sex—plus a tip for Mario’s troubles. “You’re just like us,” Brian tells the pimp. “You’re not afraid to get a little dirty from time to time.”

The girls greet the gringos with cheek kisses and totter in stilettos into an airy living room next to the lawn.

When two flashbangs explode in the street outside the mansion, the pops echo dully around the pool. For a moment, no one really seems to notice. But then more than two dozen police officers in black SWAT gear come pouring into the yard. “Abajo! Get down!” they yell, their assault rifles raised. A second column swarms in from a side entrance just under Paul’s nose, their faces hidden behind balaclavas.

“You’re working with the cops, are ya, Mario?” Brian yells as he drops to the ground. “You’re fired. You’re all fired!”

Stone-faced, Mario slips out of his chair and slithers belly down. A policeman grabs his arm and drags him into the middle of the grass before searching him. The teenage girls, now lying on the floor of the living room where they’d been left, put their hands over their heads. One begins to cry quietly. A female social worker co-
operating with the cops arrives at their side, cooing that they’re not in trouble.

Their grotesque fun over, the Americans are led uncuffed into a ground-floor room of the house. Plucked from his perch, Paul is among the last hauled inside. “So this is where they’re going to interrogate us?” he asks.

But it’s a deadpan question. Paul smiles, and some of the other Americans laugh. The mood in the room quickly loosens. Everything in the sting, the men agree, went according to plan. “Oh, man, did you see Mario’s face?” Brian asks. “These guys are going to jail for a long time.”

Not a security guard at all, Brian is really named Tim Ballard. He’s the founder of Operation Underground Railroad (OUR), a U.S.-based organization that goes undercover to rescue children forced into the sex trade. The Acapulco trip was the group’s first foray into Mexico. In total, three people, including Mario, were arrested; they face prison sentences of up to 25 years, according to OUR.

Paul, a member of the OUR team who keeps his real identity private to protect his cover, holds up his phone: “It was awesome,” proclaims the disembodied voice from Silicon Valley. An executive at a major technology firm—OUR won’t provide his name—the man on FaceTime had donated the money needed to set up the operation. “Let’s fund another,” he says.

“This is going to end—and I’m not lying—in the rescue of thousands and thousands,” Ballard rhapsodizes, still wearing his fake blond mustache. Without it, he’s the epitome of the all-American man: tanned and fit, with bright blue eyes. “[The Mexican police] just learned how to do something.”

After Mario and the girls have been removed from the mansion, the Americans pile into police trucks queued up to take them to Acapulco’s airport. A loaned private plane is waiting on the runway. Ballard and Paul are due at a dinner in León hosted by former Mexican President Vicente Fox, and they’re already running late.

Mission Unstoppable

Police raid an OUR party in the 
Dominican Republic.

Human trafficking is one of the world’s fastest-growing criminal enterprises, according to the United Nations. Precise figures are hard to come by, given the inherent challenges of collecting data on illegal activity. But according to estimates from the International Labour Organization (ILO), trafficking is a $150 billion industry affecting 20.9 million people worldwide, nearly a quarter of whom are marketed for sex.

The ILO estimates that 5.5 million children are victims of the trafficking industry, and many are sexually exploited. Some young people are held or live in brothels, while others are forced into the hands of international criminal rings; still more are marketed by relatives seeking cash. What typically unites their stories is poverty. Pimps or networks of traffickers usually target people who are “poor, isolated and weak,” according to a report by the U.N. Office on Drugs and Crime.

Efforts to eliminate sex trafficking have enjoyed prominent backing in the United States for about 20 years, ever since strange bedfellows—feminists who opposed sex work, politicians from both political parties, and right-wing Christians—rallied behind the cause of defeating modern-day slavery. In 2003, three years after Congress passed the Victims of Trafficking and Violence Protection Act, which established new laws against trafficking and rights for victims, President George W. Bush called sex trafficking a “special evil” in an address to the U.N. General Assembly.

Responding to the call for a moral crusade, a handful of private organizations has adopted what is now widely known as a raid-and-rescue strategy: identify where people are being sold for sex, send in police to haul them out, and arrest traffickers. Among the groups using this method is the International Justice Mission (IJM), a 
Washington, D.C.-based Christian legal organization with a presence in 11 developing countries; it claims to have rescued at least 258 people from sex trafficking and abuse in 2014 alone. The FBI uses the same model and says its busts have saved more than 3,600 trafficked children since 2003.

OUR is a new entrant in this field. Ballard was a U.S. government agent for a dozen years, including a stint at the Department of Homeland Security (DHS), for which he posed as a pedophile to infiltrate child-trafficking rings. But he became frustrated with red tape. While working abroad, Ballard says, “I could find children who were being sold into the sex trade, but if there was no U.S. nexus”—if the case would never land in a U.S. courtroom for jurisdictional or other reasons—“I couldn’t pursue it.” So in 2013 he struck out on his own and formed OUR, a small group of independent operatives who could set up stings anywhere in the world.

Ballard’s Mormon faith also heavily influences his work. “The other option was to face my maker one day and tell him why I didn’t do it,” he says of his decision to start combating crimes against children. Ballard insists that religious belief isn’t a requirement to join OUR but notes that the staff members often pray together. If someone isn’t “comfortable praying,” he says, “they’re not going to be comfortable working with us.” (In a February interview with LDS Living magazine, Ballard was more candid about his faith: He said he launched OUR after being instructed by God to “find the lost children.”)

Responding to the call for a moral crusade, a handful of private organizations have adopted what is now widely known as a raid-and-rescue strategy: identify where people are being sold for sex, send in police to haul them out, and arrest traffickers.

Today, OUR has a full-time staff of 12 people and a stable of trained volunteers, most of them Mormon. They include former military and intelligence officers, nurses and Army medics, cops and martial arts instructors. From small offices in Salt Lake City, Dallas, and Anaheim, California, OUR has coordinated more than a dozen raids in Latin America and the Caribbean. It claims to have saved at least 250 trafficking victims, including 123—55 of whom were children— in three stings coordinated across Colombia last October.

Simultaneously, OUR is making a public splash by amplifying the drama of its tactics and the ways people can support the group’s cause without ever busting into a brothel. A documentary movie, called The Abolitionists, has been screened privately in select U.S. theaters, and a proposed TV series about OUR is currently being filmed. The organization’s “give a Lincoln, save a slave” campaign, which like the term “underground railroad” conjures noble notions of 1800s anti-slavery efforts, asks people to become “abolitionists” by giving $5 a month. Supporters can sign up to receive text-message alerts “when children are saved.” If they’re big funders, they can get front-row seats: The tech executive watching the Acapulco operation gave more than $40,000.

As of this writing, OUR has 229,000 likes on its Facebook page, 3,000 more than the veteran IJM has. According to Jerry Gowen, OUR’s chief operating officer, the organization has raised almost $5 million since its founding less than two years ago. Celebrities, many of whom are Mormon, are getting on board too. The Walking Dead star Laurie Holden and Dancing With the Stars’ Chelsie Hightower have participated in raids. Utah Attorney General Sean Reyes went undercover with the group. This March, OUR announced its merger with the Elizabeth Smart Foundation, a child-protection NGO run by the family of the young Mormon woman famously kidnapped in Utah when she was just 14 and held in captivity for nine months.

OUR and its growing network of backers are nothing if not committed and well intentioned. But do their chosen methods actually work? The answer is anything but clear-cut.

Though most people can get behind fighting human trafficking, how to wage the war is another matter. Nor is claiming victory necessarily quick or simple. After a raid, there’s long-term support to consider, such as psychological care and rehabilitation for victims; this could take months, if not years. “To realize success in a lot of these cases takes a lot of time,” notes Rebecca Surtees, a senior researcher at the Nexus Institute, an international human rights research and policy organization.

But time, OUR argues, is exactly what children being sold for sex do not have. Getting them out of a horrendous situation as fast as possible is the top priority. “The children are desperately waiting for us,” Ballard testified before Congress in May, advocating that the U.S. government do more to combat trafficking. “I know. I have seen them.”

Right, wrong, or flawed, this urgent mission only seems to be gaining steam. Between February and April, OUR staged five operations in as many countries, including its first in Thailand. “This idea of actually doing something is very powerful,” says Anne Gallagher, an expert in trafficking and an advisor to the United Nations. “It’s addictive to people.”

Mission Unstoppable

The night before the raid in the 
Dominican Republic, Dutch Turley points 
at a ledger that documents how many 
girls each trafficker plans to bring to 
the party (left); Turley, a former Navy 
SEAL, does crossfit (right).

Four days after the Acapulco bust, Ballard is sitting on a plastic lawn chair on a beach in Sosúa, a town on the Dominican Republic’s north shore. It’s late morning, and behind him is a strip of tourist restaurants and tchotchke shops. On another chair nearby, Dutch Turley, a 6-foot-3-inch, 230-pound former Navy SEAL, is getting a $10 pedicure from a woman with dyed red hair who carries a small nail kit in a bucket up and down the beach.

The lazy scene belies an early step in OUR’s next raid: The men are waiting for two young Dominican traffickers who the day before had promised they could deliver girls, maybe even some as young as 12.

When the men arrive, they’re wearing board shorts; one sports a Lakers hat. Standing near the Caribbean surf, they tell Ballard and Turley that they have pictures of the teenagers on offer. “I know you guys are tourists,” one says, “but you can’t have cameras.” It’s too risky to let evidence leave the scene. In the end, they promise to bring 13 girls the next day to a party—the cover for the operation.

The Sosúa sting is following OUR’s usual pattern. The first phase is finding a government, in a country with high trafficking rates, willing to cooperate with the group. OUR’s staff members reach out to people they know from their former lives as agents and soldiers: local police and prosecutors with whom they’re already friendly or representatives from the State Department, FBI, or DHS who know the territory. In the Dominican Republic, the group secured a memorandum of understanding with federal police before getting to work.

That work is done by what OUR calls its “jump team.” Ballard coordinates trips and inhabits fake identities as needed. Paul plays the moneyman; lest anyone question him, he has created a false, elaborate identity online, complete with a Facebook profile boasting pictures of yachts and private jets to advertise his lavish playboy life. Turley handles tactical details—who goes where and when during raids—and can act as muscle if necessary. Matt Osborne, OUR’s senior vice president for rescue and rehabilitation, acts as the main liaison with local law enforcement. Then there’s Krista Rykert, a tall, blond CrossFit instructor and gym owner from a Salt Lake City suburb who plays the “groomer”: She talks to the children as a sting is happening, gives them candy, plays games—whatever is needed to keep them distracted. The film crew for the TV series is in tow as well; cameramen shoot the jump team using lenses hidden in backpacks, water bottles, and sunglasses.

OUR operatives walk the streets of whichever city or town is their latest target and pose as potential sex customers. They go to bars, talk to hustlers, explain that they’re throwing a party and want to cut a deal that will satisfy their boss’s desires. Sometimes Paul himself goes looking for traffickers; he throws money around, buys strangers drinks, and telegraphs that he wants particularly exotic partners—meaning, 
underage girls. (The group is careful not to entrap potential targets.)

In Sosúa, the jump team has trolled beaches and the local red-light district, thick with frumpy Americans and Europeans in town for sex. “Some guy will almost always come up to you and ask you if you want something,” Ballard says. “‘You looking for some smoke? Maybe a girl?’” One woman at a roadside restaurant even offered her daughter, who she claimed was 17, and five of her friends. (The age of consent in the Dominican Republic is 18.) Wearing tank tops and heavy makeup, the girls smiled at Osborne as he pretended to check them out.

The goal is to get as many children as possible to the site of a bust. By the night before OUR’s party in Sosúa, seven people, including the young men from the beach, have said they can bring more than 26 girls for Paul and his friends.

OUR has rented two houses—one for the faux celebration, the other across the street as a hideout for cops. Both are modern, all stone and glass, and sit in a tony, gated community a short drive from the beach. The documentary crew carefully places more than 20 cameras throughout the party house. (Police often use this footage as legal evidence.) Some $7,000 in cash is meticulously laid out on a bed and photographed before being divided into envelopes for each trafficker.

For final preparations, police officers and members of the local prosecutor’s office stop by. The logistics are explained: Some police officers will come in through the driveway, while others will enter a side door by the kitchen. The cues for storming will be a text message from an undercover Dominican cop working alongside OUR when Ballard shouts the words, “Bring in the wine!”

The prosecutor, who will ultimately try the case against the people arrested, is satisfied. “Remind everyone to keep straight faces,” admonishes a contact from the 
U.S. Embassy who has come to survey the setup. The mission is a go.

Mission Unstoppable

Tim Ballard speaks on the phone at the sting house in the Dominican Republic (left); cameras are used to document OUR raids (below).

OUR says its method of collaborating with law enforcement and luring traffickers works like a charm. At a $200-per-plate gala in Washington, D.C., last November, Ballard regaled more than 260 guests with success stories. Wearing a dark suit and a slightly too wide red necktie, he told the crowd at the JW Marriott, “I don’t care about borders and boundaries when they’re kids.” A teaser for The Abolitionists played. OUR makes slam-dunk cases, Ballard’s voice-over explained, and then ensures they’re “delivered to [law enforcement] on a silver platter.” The gala raised more than $150,000.

Critics, however, are quick to pick apart claims of triumph, as they have been since the advent of raid and rescue. IJM largely pioneered the field in the early 2000s when it conducted high-profile stings across Southeast Asia; during a March 2003 bust in Cambodia, journalists from Dateline tagged along to produce a widely watched segment called “Children for Sale.” Later, in 2011, IJM took New York Times’ columnist Nicholas Kristof along for an operation in India. IJM’s approach quickly gained acolytes. An Internet search reveals numerous raid-and-rescue groups with names like Destiny Rescue and The Exodus Road. “The undercover and mass-mediated model of activism that IJM propounds has become the emulated standard,” Barnard College professor Elizabeth Bernstein, a prominent critic of raids, has written.

Detractors, including many health and human rights advocates, argue that stings are only as good as their ability to actually improve lives—and that they often do the opposite. “The appeal of the rescue is that it’s a happy ending,” says Janie Chuang, who teaches courses on trafficking at American University’s Washington College of Law. “But it’s not. It’s a really hard life.”

In some cases, victims are quickly cut loose because governments lack the resources or concern to assist them. Others choose to leave protective services; sometimes they fear that authorities will abuse them or that traffickers will do the same to their families. (This is to say nothing of rescued adults who weren’t trafficked at all but had chosen to be sex workers, a distinction that raid groups often fail to make.) Mother Jones found in 2003 that girls and women saved in an IJM bust in Thailand were “locked into two rooms of an orphanage by Public Welfare authorities” and were allowed outside for only one hour each day. Following up on the operation featured on Dateline, the Nation reported in 2009 that some of the rescued children were addicted to intravenous drugs and made deals with the police to keep using; at least a dozen ran away and returned to brothels. “You hear about the raid, but you don’t hear a lot about the safe houses, the rehab 
process,” says Gretchen Soderlund, a professor at the University of Oregon who studies trafficking.

Sometimes, the consequences can be even worse. In the same investigation, the Nation learned that IJM didn’t track minors rescued in Thailand, including young girls from Myanmar who subsequently may have been deported back to their oppressive homeland. It also found that busts in Cambodia disrupted health NGOs’ efforts to educate women and girls in brothels about HIV; pimps believed the groups had aided IJM and no longer wanted them providing care.

Holly Burkhalter, IJM’s vice president of government relations and advocacy, shot back in 2012 in the Anti-Trafficking Review, “This view suggests that there is some level of backlash by brothel owners against health workers that would justify leaving the children to their fate.” Critics, she added, “have not offered any alternative to police operations to apprehend perpetrators and bring them to justice. That is because there are none.”

Still, IJM has tweaked its approach over time. “It’s not just a … drop-in to get a couple of children out of a brothel and then leave. We did that in the early days,” Burkhalter said in an interview with Foreign Policy. IJM now sets up offices in countries where it works—it recently opened one in the Dominican Republic—and places greater emphasis on training police and building the capacity of judicial and social-service systems. “We want to walk away from the image of the Western superhero going into places of darkness to rescue … the little girl,” says Pablo Villeda, IJM’s vice president of regional operations for Latin America.

“It’s not just a … drop-in to get a couple of children out of a brothel and then leave.”

Ballard knows the criticisms that have plagued other raid-and-rescue outfits, and he is wary of OUR being characterized as a group of vigilantes. He insists that his organization has strong relationships with its police partners and that its missions are intended to set examples for future stings. OUR is also developing software that could flag international travelers whose computers are known to have downloaded child pornography—a tool that could help foreign officials intervene before customers even get to traffickers.

Still, the organization has opened itself to plenty of reproaches. Busts, Soderlund says, are “very strategic events that are almost tailor-made for the media.” OUR has embraced this notion, using the Internet, television, and film to push a slave-to-saved narrative. But Chuang says this story is an oversimplification that “just seems to be glorifying the savior.” She also worries that flashy campaigns divert donor funding from “the mundane work that needs to be done on the prevention side” of the trafficking equation—a concern shared by Randy Newcomb, president and CEO of the San Francisco-based philanthropy Humanity United, who wrote in the Anti-Trafficking Review in 2014 that donors’ desire for visible results has had “the unintended consequence of growing the capacity of only a select group of organisations that may, in fact, be more successful at marketing and far less successful at actually ending trafficking.”

Unlike IJM, OUR doesn’t have plans to shift from its parachute approach. “We really feel like we’re not in the building-
homes business,” says Gowen, OUR’s chief operating officer, referring to planting roots in foreign locales. “That’s not our … core competency.” This isn’t to say that the group isn’t concerned with aftercare: OUR routinely links up with local entities that can assist the children gathered during raids and says it is hoping, with resources from the Elizabeth Smart Foundation, to provide these groups with a best-practices guide and funding.

This model, however, doesn’t always work. In 2014, after OUR’s first operation in the Dominican Republic, a local organization called the National Council for Children and Adolescents (CONANI when abbreviated in Spanish) quickly discovered it didn’t have the capacity to handle the 26 girls rescued. They were released in less than a week. Some still went on to testify against the men arrested in the sting—as of press time, a verdict had yet to be delivered in the case—but CONANI lost track of others. “The influx of a large number of victims at once is very challenging to the social-service side,” says Fernando Rodriguez, IJM’s field office director in the Dominican Republic. (IJM has coordinated with OUR on two raids.) “To some degree, it is potentially a disservice and creates more problems than it would solve.”

Sometimes, OUR takes matters into its own hands. After the Acapulco bust, which was much smaller than anticipated—and one of the two girls saved turned out not to be a minor—OUR decided to take care of the almost-16-year-old’s financial needs. She was placed at a shelter in Mexico City and “wants to be a beautician,” Osborne says, estimating that OUR will provide $20,000 raised over the next few years for her care and education. “In the small rescues you don’t get as many,” he explains, “but you can really, really make a difference in the life of this girl.”

Mission Unstoppable

Dominican police arrest alleged traffickers and OUR members during a raid.

On the day of the Dominican raid, a bevy of teenage girls arrives in a caravan of vans, shuttle buses, and SUVs at the house rented for the fake party. Some have come from as far as Santo Domingo, the Dominican Republic’s capital; the city sits 125 miles away, on the country’s opposite coast. Wearing colorful dresses, the girls stand around the backyard pool, chatting nervously. At one point, all of them start singing. Rykert, the OUR groomer, has told them it’s her birthday—a way to keep the girls busy as, behind sliding glass doors, other operatives negotiate the day’s deal. To further the lie, the deck has been decorated with pink and yellow balloons, and the gringos saunter around drinking Red Bull poured into Presidente beer bottles.

Rykert towers over the teenagers, her wrestler-size arms stretching out of a cobalt-blue tank top. She hams it up, conducting the singing with her hands: “Cumpleaños feliz!” The chorus peaks in an off-key “Deseamos Mariaaaaa”—the fake name Rykert is using—“cumpleaños feliz!” The girls, gathered in an arc, burst into applause.

As the teenagers and Rykert take selfies, Ballard, Turley, Osborne, and undercover Dominican police hand the traffickers the cash. “Vino!” Ballard yells to his associates, as one of the cops shoots off the text-message signal.

What happens next is much the same as in Acapulco. The Americans pretend to be shocked as the cops rush in. The teenagers begin to cry. The traffickers, who had been grinning at their good luck, turn dumbstruck. Afterward, the Americans and the police congratulate each other, but the celebration is once again short-lived: Ballard has to get to the airport to make a meeting back in the United States. “Can we get a quick wrap-up?” asks one of the cameramen as OUR’s founder grabs his bags. “Some of [the girls] were crying on the way here,” Ballard says to a camera before pulling off his hidden wire. “These were truly, truly kids being trafficked.”

A few members of the OUR team stay behind, planning to lay low for the night at one of the tawdry all-inclusive resorts that dot the Dominican Republic. They drive away from the house not long after Ballard, in the vehicles that brought the girls to the house. The teenagers have all been taken to CONANI and been given access to IJM psychologists. A few hours after the raid, OUR’s Twitter feed boasts:

JUST IN
UNOFFICIAL NUMBERS:
29 SAVED
6 ARRESTED
YOUNGEST AGE: 13

Less than three weeks later, the girls are released to their families on a judge’s order—well short of the three months of targeted care the rehabilitation organizations had hoped to provide. IJM’s Villeda claimed in an interview with 
Foreign Policy that his group asked OUR to consider a smaller operation “knowing that the Dominican government didn’t have the capacity to house the number of victims that they were expecting to rescue.” OUR, however, insists it was the government’s call. “Were there too many that were brought? Perhaps,” Ballard said in a phone interview in June. “But that’s the number that the Dominicans wanted.”

He also detailed his plans for his group’s future. “It’s not just a bunch of sex parties,” he explained. “It’s going to be raids on brothels; it’s going to be buying one kid on the beach from one trafficker … [and] military-
style raids on a slave-labor camp.” OUR, in other words, is just getting started.

Acapulco Dealer

  

David Espino, periodista mexicano, es autor de este libro que muestra, con muchos detalles, cómo el puerto más famoso de México se transformó en el campo donde los cárteles de la droga libran una cruenta batalla.


Por Jesús Rodríguez Montes

No hay ciudad en México tan conocida en el mundo como Acapulco. No hay ciudad en México a la que se le hayan dedicado tantas canciones como a Acapulco, o donde se hayan filmado tantas películas, como en Acapulco. En español y en inglés.

Por décadas consecutivas, desde los años 40, Acapulco fue el refugio para el confort preferido por divas y famosos. Actores, políticos, empresarios y turistas de todo el mundo eran frecuentes visitantes, seducidos por el sol y por la playa.

Con el tiempo Acapulco ha ido cambiando. Sigue siendo uno de los puertos en México preferidos por turistas europeos, estadounidenses, de varios países, y sin embargo ya no es igual.

La transformación más drástica, en el prestigio que ha ido perdiendo Acapulco, se debe a la pugna que sostienen cárteles de la droga que, desde 2005, están librando una guerra que ha dejado muchos muertos porque quieren controlar la distribución y venta.

También porque el puerto representa un punto estratégico para la distribución hacia el norte, con destino hacia Estados Unidos, y hacía el sur, con destino a países del resto del continente.

El periodista mexicano David Espino es autor de “Acapulco dealer, crónicas de la narcoviolencia en Guerrero” (primera edición, Chilpancingo, México, Editorial Universidad Autónoma de Guerrero, 2011), una investigación periodística que, a detalle, describe una cara de Acapulco que se ha tornado violenta, la de la droga, la que se están disputando grupos de la mafia mexicana, lo mismo en las discotecas de lujo, en la playa con hoteles de cinco estrellas, que en los barrios pobres.

La violencia asociada con el narcotráfico en México simplemente es demasiada. Y en ciudades como Acapulco se manifiesta casi todos los días: 6 mil 621 ejecuciones extrajudiciales de acuerdo con datos recopilados entre 2005 y 2010 por la Secretaría de Seguridad Pública.

“Y de cinco años para acá mencionar el nombre de este puerto representa dos cosas: droga (cocaína, morfina, mariguana, hachís, tachas y sus 79 variantes, crack, cristal) y playa. Estos dos ingredientes son parte de la dicotomía de la fatalidad, éxito y fracaso del Acapulco contemporáneo en el planeta”, escribe Espino, en “Acapulco dealer, crónicas de la narcoviolencia en Guerrero”.

David Espino, dos décadas ejerciendo el periodismo, ha documentado el fenómeno de la narcoviolencia” en Acapulco y en otras ciudades de estado de Guerrero, donde las bandas han estado más activas por el control de la droga.

En entrevista, Espino afirma: “observo una especie de colombianización, de medellinización, si se me permite el neologismo, en Acapulco. Las colonias de Acapulco a donde se ha desplazado la violencia se parece mucho a la que vivió Medellín en los 90. Con narcos locales que tienen control de zonas completas, con una estructura de mando muy parecida no sólo a la colombiana en las comunas (así se le llaman a las barriadas), sino a la brasileña, en las favelas”.

En Colombia, como en México, no ha sido fácil para el gobierno desarticular a los grupos del narco porque participan muchas personas, una estructura en la que tienen tareas lo mismo muchachos pobres que reparten la droga, o policías y funcionarios que se han corrompido con las bandas. Una estructura que existe gracias a que es un negocio de muchísimo dinero.

Y en Acapulco, esa situación se expresa de la siguiente manera: “en Acapulco venden droga los parianeros, los chulos de playa, los pescadores, los taxistas, en los hoteles, en el zócalo es fácil conseguirla. La venden en casas de colonias clasemedieras, en todos lados”, afirma Espino.

Un negocio ilícito tan rentable como peligroso. De acuerdo a Espino, informaciones extraoficiales de la Procuraduría General de la República estiman que tan sólo del 2008 y 2013 el negocio de la droga superó las divisas que ingresan a Acapulco por la industria del turismo.

De la narcoviolencia todos conocen en México, porque no hay ciudad del país en la que no opere el negocio de la droga. Pero hay ciudades, como Acapulco, en Guerrero, o Guadalajara, en Reynosa, en las que se manifiesta con más severidad.

Los grupos de ciudadanos, políticos, empresarios, intelectuales, entre otros,  que quieren que termine esta guerra del narco, se han agrupado en dos bandos: los que están de acuerdo en que continúe el plan implantado por el pasado presidente Felipe Calderón Hinojosa, que consiste en un combate frontal a los cárteles mediante las fuerzas armadas, la guerra contra el narco, y los que optan por medidas como la legalización de la venta de mariguana y un programa más a fondo en el combate a las adicciones, de esta manera se ocasionaría una contracción severa en el mercado negro y, en consecuencia, dejaría de ser redituable para las bandas que lo controlan.

Ahora que en  Washington y Colorado, en Estados Unidos, se ha legalizado el consumo de mariguana con fines recreativos, en México nuevamente el debate está en la mesa.

David Espino afirma que está de acuerdo con abrir el mercado legal de la mariguana “sobre todo porque México se ha resistido a esta medida, una medida, por cierto, que pararía de algún esta batalla cruenta que se está dando entre cárteles de la droga y entre fuerzas del Estado”.

En Acapulco, explica, “la venta de mariguana es de las actividades más remunerativas en todo el abanico de drogas que se pueden vender en las calles. Hay familias enteras que viven de vender mariguana.

Colonias, incluso, o barrios, pero me parece que México, y Guerrero, si queremos pensar que el estado asumiría en lo local una reforma de esta naturaleza, está muy lejos aprobar una medida así.

De modo que pienso que esta violencia diaria, sistemática, generada por la distribución no sólo de la mariguana sino de la coca, entre otras drogas no parará en el corto plazo”.