Por Patricia Rosas Lopátegui.

Iguala, Guerrero, fue el paraíso en la tierra para la autora de Los recuerdos del porvenir, La semana de colores y de algunos cuentos de Andamos huyendo Lola, obras en las que recreó sus aventuras en “la ciudad de los tamarindos”.

Elena Delfina Garro Navarro nació el 11 de diciembre de 1916, a las 9:44 de la noche, “en la casa número uno [de la calle] 2a segunda de Juan Ramírez”, en el centro de la ciudad de Puebla. Sus padres fueron José Antonio Garro Melendreras, un inmigrante español originario de Infiesto, Asturias, y su madre, Esperanza Navarro Benítez, oriunda de Chihuahua. Su progenitora asentó el natalicio de su hija en el Registro del Estado Civil de Puebla el 7 de febrero de 1917 y poco tiempo después se trasladó a la Ciudad de México acompañada por su hija Deva y la recién nacida.

Por lo tanto, Elena no nació en Iguala, sin embargo podemos afirmar que renació en ese pueblito del sur mexicano aproximadamente a los seis años de edad, cuando llegó con su familia a yohualcéhuatl, el lugar “donde serena la noche”, o yoalla, que significa “ya volvió” o “ya viene”, de acuerdo con la lengua nahuatleca. El segundo vocablo alude al paso de Cuauhtémoc por Iguala en 1525, cuando su cuerpo vencido arribó desde Tabasco a la pequeña población. (2) Si bien el cuerpo del último emperador azteca llegó inerte a Iguala, como diría Elena Garro, su espíritu combativo en pro de la defensa de su cultura continúa vivo por los siglos por venir.

Ahora bien, estas dos acepciones, yohualcéhuatl y yoalla, se conectan con Elena Garro. Para ella, la noche envolvía al mundo mágico y atemporal de la imaginación, piedra angular en su idiosincrasia y en su literatura, y, además, como Cuauhtémoc, era la que regresaba de otros sitios para reencontrarse con su lugar predestinado. Ahí, en Iguala, subyacen los orígenes de su portentosa escritura y de su activismo como defensora de los campesinos, a quienes aprendió a amar y a respetar en tierra guerrerense. Gracias a la cosmovisión y a las enseñanzas de los indígenas de su infancia igualteca, supo luchar en contra de los oligarcas, los terratenientes asesinos y los funcionarios oportunistas.

Por lo tanto, su infancia transcurrió primero en la capital del país (1917-1923) y después en Iguala (1923-1930). Pero sin duda alguna fue su estancia en La cuna de la Independencia la que se convirtió en un parteaguas, tanto en su vida como en su obra. Ahí, en el hogar sólido de su casa paterna, Elena leyó desde muy temprana edad a los clásicos griegos, latinos, españoles, alemanes, ingleses, y al mismo tiempo que recibía una formación vigorosa sobre el mundo occidental, también se nutrió de la cosmovisión indígena a través de los mitos y las leyendas narrados por las mujeres y los hombres del campo que trabajaban en su morada.

Hoy quiero darle voz a la escritora igualteca, y digo igualteca, porque Elena Garro declaró en un sinfín de ocasiones que Iguala era su patria chica. Para ello he seleccionado algunos segmentos de las entrevistas que concedió a lo largo de su periplo existencial, en las que hizo alusión a Iguala, a ese terruño que permaneció en su memoria por los siglos de los siglos.

La escritora María Luisa la China Mendoza fue una de las primeras periodistas que entrevistó a Elena ante la publicación de su novela Los recuerdos del porvenir (1963). He aquí un segmento del diálogo entablado entre las dos polígrafas en 1964:

Para Elena Garro se hizo el color de la avellana, el ocre tierno, el cacao, el hueso de durazno, la vainilla y el brillo de la azúcar quemada. Elena Garro vive en los tonos más asombrosos del café hasta que es caoba, desde el pálido terciopelo de la gamuza. A veces el oro hace juego, el bejuco, el bronce o la pana oliva. Elena Garro escribe su teatro, su novela, aquí o en París, en Iguala —donde nació— o en Suiza después de huir de la nieve que es negra de noche y tiene espejos quebrados que parpadean. Elena Garro acaba de publicar Los recuerdos del porvenir, la historia de Ixtepec, un pueblo de cuartos aireados para que se vaya o se meta el calor, lugar de corredores que trinan y aguas frescas, la plaza para oír y andar la serenata, bailes caseros, muchos animales y la Revolución en el horizonte, y los cristeros y los generales de las cuscas.

Los personajes que tienen vida propia y laten, contemplan el devenir del tiempo comparándolo con los recuerdos que se han forjado del porvenir. Pero se quedan en la última página y el lector ya no puede más seguirlos en sus vidas o en sus muertes, por eso había que ir a preguntarle a Elena Garro qué sería de ellos, qué dirían si caminaran nuestras fechas y nuestros inviernos, algo así como jugar al porvenir de los recuerdos con Isabel Moncada, el general Francisco Rosas, los hermanos Moncada, Juan Cariño o Tomás Segovia, no’ más para darnos un quemón. (…)

—¿Qué sería ahora Isabel Moncada, la hija de buena familia que se fue a vivir con un general a la casa de las cuscas?

—Sería política, lucharía por las mujeres; en cambio Juan Cariño, el loco que recogía palabras malignas en su sombrero y luego las metía en el diccionario, era el único inteligente porque creía que las palabras significan algo, por eso los ateos me dan risa… si se ha inventado la palabra “ángel” es porque los ángeles existen. Cada palabra respalda algo, hasta la palabra “nada” quiere decir claramente nada. No creo ni en los sistemas políticos ni en las personas que degradan el idioma, porque están degradando a las personas que lo crearon; como todos los líderes políticos por ejemplo, todo el santo día lo degradan: inventan una jerga política corriente y soez. Por eso, al pensar en los niños de hoy que se mueven en un ambiente terrible, el de los capulines y piporros, me asusto tanto; se están perdiendo las formas del espíritu. (…)

—¿Y el general Francisco Rosas, el jefe de la Guarnición de la Plaza, la cabeza de Ixtepec, el de los escándalos y amores fallidos?

—Quiero mucho a Francisco Rosas; es del tipo mexicano. Tiene todas las capacidades para ser un gran hombre, vive en su país y forma parte de un movimiento en el que perdió su destino. Rosas ahora estaría en la miseria; iría acabando mal. En realidad fue alguien que existió de veras: era guapísimo, destilaba soledad. Hace ocho años vine a México y le seguí los pasos, supe que cometió cosas que la historia de México le reclama, no diré su nombre, solo que estaba destinado a actos heroicos, tenía vocación de héroe… Indagué entre las altas esferas y supe que iba al Café Regis —lugar de reunión de asesinos— y allí estaba, siempre solo, frente a un café, con un aire trágico que lo envolvía, aún le quedaban huellas dramáticas de su belleza en aquella cara de tigre, de león. (3)

Elena —tabaco oscuro, tabaco claro, heno, paja, lino, barro, pistache, almendra, piel— cuando habla del general Rosas se enardece, casi alcanza la lucidez que da la ira. Es que es su consentido, ésa es la mera verdad, al personaje que más le perdona (“Octavio Paz me dijo: [que] yo soy el general Rosas; mi sobrino Guerrero Galván también lo mismo, y es que Francisco es bueno y noble; el drama de quien no tuvo la posibilidad de desarrollar una vocación”).

“Cuando se vive mucho en México, uno se da cuenta de la capacidad que tiene cada mexicano en potencia pero que, por azares distintos, no ha podido desarrollar. México es un país de grandes hombres frustrados. Cuando veo la mediocridad de otros países me da rabia, aquí pateamos a los mejores y ensalzamos a los tomases segovia, a los escribanos”.

—¿Qué haría Tomás Segovia hoy, el poeta de pueblo, el cursi?

—Diría, en primer lugar, que todo está bien. Escribiría muchos sonetos, los elogios de los políticos, usaría la poesía como trampolín para “el hueso”, sería uno de esos poetillas cloróticos que padecemos: juntapalabras, la peste y la plaga de América Latina. Poetas todos que adjetivan y no llegan al verbo que es la acción; los adjetivos son coronas fúnebres para estos patricios, que siempre están con el dedo para abajo echando a los demás a los leones. Nosotros tenemos a un poeta extraordinario: Sor Juana Inés de la Cruz. No se ha producido en toda Iberoamérica otro intelectual, otro gran teólogo como ella.

—¿Y los hermanos Moncada, Juan y Nicolás, uno muerto en acción, como quien dice, y el otro fusilado?

—Los Moncada son los jóvenes mexicanos a los que no les permitimos ser científicos, marineros, investigadores, héroes en una palabra; los que nada más pueden ser médicos, abogados, arquitectos para estar apegados al erario. Ellos abundan ahora, los hay por miles… dirían que todo sigue igual y tendrían que volver a morir y de la misma muerte.

Elena —oro, perla, estambre, lana, cabello rubio, ojos negros, sonrisa, personalidad, agresividad, alegría, ironía, buen humor, inteligencia, palabra— habla así de sus personajes, de doña Elvira Montúfar, doña Carmen Arrieta, don Martín Moncada, Julia Andrade —la querida del general—, Felipe Hurtado, don Joaquín Meléndez —que murió pidiéndole a Dios que en el cielo aceptaran a los animales— y los arrieros y los sirvientes y el sacristán y el cura y Gregoria, la curandera, y así hasta los etcéteras que se movieron en Ixtepec jalados por el hilo del lápiz de la Garro. Son como los porvenires del recuerdo, del que todavía no es y ya se fue. (4)

En 1965, el académico estadunidense Joseph Sommers viajó a México para entrevistarla, también a raíz de la aparición de Los recuerdos del porvenir. A Sommers la escritora le explicó la dualidad cultural que persiste en los mexicanos, y con su palabra crítica, punzante como un escalpelo, atacó el racismo y el sistema político totalitarista del país:

—Elena, a mí me parece ver cierta disyuntiva entre Elena Garro novelista, cuentista, dramaturga en cuyas obras se nota siempre un énfasis sobre lo irreal, lo mágico, lo fantástico, y Elena Garro persona, cuya vida diaria se concentra alrededor de ciertos problemas bastante concretos, muy reales. ¿Cómo lo explicas?

—Mira, en México hay una dualidad. Hay un décollage, se dice en francés, es un abismo entre lo que es el mexicano de la ciudad que va a la escuela y el mexicano del campo que no estudia. Son dos culturas. Podemos decir que los de la ciudad somos los occidentales de México. Somos occidentales a medias, ¿verdad?, porque disfrutamos de la cultura occidental, y la gente del campo vive en una realidad mágica, y en una cultura que no tiene nada que ver con la cultura occidental, en donde la idea del tiempo cambia, la idea de Dios cambia, en donde se aparecen fantasmas todos los días, en donde todo es mágico. Y como yo convivo mucho con los campesinos, entonces yo sé que el defecto de los escritores mexicanos de la ciudad justamente es que no reconocen esa dualidad mexicana. Si fuéramos realmente inteligentes, podríamos inventar una cultura importante en México. Pero no lo somos.

—Entonces, para ti, Los recuerdos del porvenir es una novela realista, que trata la realidad… (…)

—Sí, la mentalidad [campesina]… Mira, cuando pasa algo fuera de la Ciudad de México o en los pueblos, le dan mil finales. Bueno, eso te pasa en cualquier parte del mundo, ¿verdad?… que todo se vuelve mitológico. (…) Tú pasas por un pueblo y cada gente va a dar una versión extravagante de quién eres, qué fuiste a hacer, si desapareciste por el aire, si te quemaste en el comal… y como yo viví así de chica, si no me dormía, las criadas me decían:

“Vamos a dejar las cenizas calientes y vienen las brujas a calentarse las canillas”. Yo lo creía. Entonces para mí es muy real eso también. Así es que yo creo que sí es realista mi novela. (…) [porque] mi parte occidental es práctica (…) y creo que mientras no se hagan ciertas cosas, México no tiene destino y los mexicanos no tenemos destino. Y sí es un pueblo angustiado, por eso en la novela una señora dice: “Ojalá y hubiera un buen temblor de tierra”. Porque el mexicano tiene una nostalgia de catástrofes; yo lo digo siempre. Como cuando no se pueden arreglar las cosas reales, así, prácticas de todos los días. Mira, nadie puede ser marino en México. ¿Tú crees que no hay marinos en México? Debe haber. Nadie puede ser sabio.

Pero debe haber gente con la vocación de sabio o con la vocación de ir a la Luna, como Cooper o como Gagarin. Pero no tenemos posibilidades. No tenemos destino realmente más que para morirnos de hambre o desesperación. (5)

De hecho, Joseph Sommers aseveró: “En su interpretación del pasado (…) de México, Elena Garro es aún más amargamente crítica de la Revolución en conjunto, que contemporáneos suyos como [Tomás] Mojarro, [Sergio] Galindo, [Carlos] Fuentes, Rosario Castellanos y otros”. (6)

El escritor y periodista Braulio Peralta visitó a Elena en París, en 1987, donde la narradora residía en el exilio. A él le comentó:

Siempre me ha preocupado el problema de México con los indios: me da rabia cómo los tratan. No olvides que me crié en un pueblo llamado Iguala, en Guerrero. En mi casa no había racismo, al contrario, mi papá nos llevaba al mercado para que fuéramos bien educadas. Decía:

—Miren cómo comen estas gentes, en el suelo; pero miren con qué pulcritud, ponen la cazuelita en medio y primero mete uno la tortilla y después el otro. ¡Qué orden!

Mi casa era una sin prejuicios raciales. Se veía a los indios como iguales, no como los ven los mexicanos. Por eso me involucré en la lucha por los campesinos y sus tierras. (7)

También en 1987, Elena Garro aludió a su destierro, cuando el presidente Gustavo Díaz Ordaz y su gabinete la acusaron de complotista para derrocar al gobierno, en el marco de la masacre del 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco. El régimen autocrático y asesino la desacreditó con el propósito de eliminar su activismo en pro de la democracia y la justicia social. A la poeta Carmen Alardín le respondió:

—De todos los personajes que componen su obra, ¿cuál correspondería más a una identificación con usted misma?

—¿En cuál de mis personajes me reconozco?

Sin lugar a dudas en Juan Cariño, de Los recuerdos del porvenir. Yo, como él, si alguna vez volviera a mi casa, que ya no tengo en ninguna parte del mundo, y si me preguntaran: “¿Quién es?”, respondería: “¡Una que fue!” (8)

Con esa acertada respuesta, Elena reveló su poder de síntesis, así como su clarividencia, pues de alguna manera al desmenuzar la historia oficial de México en Los recuerdos del porvenir predijo su destino. Bajo cualquier sistema autocrático no existe otro futuro.

En septiembre de 1991, dos meses antes de regresar a México después de casi veinte años de ostracismo, le comentó a Vilma Fuentes cómo se inició como escritora:

Había escrito de niña en Iguala, una vez, en la escuelita a la que iba cuando un inspector pidió una composición sobre el árbol… Gané el premio y tuve que recitarla en el zócalo, delante de las autoridades. Papá me mandó con Rutilio, el mozo, quien me subió a fuerzas a la tribuna. ¡Qué vergüenza pasé! “Centinela de la llanura…” Cuando daba mucha guerra, el profesor Rodríguez, quien también fue profesor de Jorgito Soberón, le decía a mi papá: “No se preocupe, esta niña será una gran escritora”, porque al redactar una invitación al baile usé la palabra “gentileza”. En esos recuerdos es en lo que más me gusta pensar, porque cuando pasan los años lo único que queda es la infancia; es lo único que me parece real. Pienso mucho en mis padres, en mis hermanos. Éramos cinco. (…)

“Viví en Iguala hasta mis trece años, después me enviaron a México para entrar en la secundaria porque en Iguala no había maestros suficientes. Aparte del profesor Rodríguez, eran papá y mi tío Boni quienes se encargaban de los idiomas, las matemáticas, la gramática y la literatura. (…) [Pero] ¿Sabes?, yo no quería ser escritora, no me parecía algo muy importante, me parecía más importante ser lectora. Quería ser bailarina o actriz”. (9)

Hacia mediados de los años 90, ya instalada en Cuernavaca, le explicó a Miguel Ángel Quemain el “origen del origen” de Los recuerdos del porvenir, con su peculiar sentido del humor:

—Déjame contarte cuáles fueron las circunstancias en las que escribí la novela. Yo estaba enferma en Berna, estaba muy deprimida y empecé a acordarme de mi infancia y del pueblo de Iguala, de la gente que conocí, cómo vivían y lo que hacían. Así empecé a escribir la novela. Pero yo me sentía el pueblo. Yo creo que hay gentes que son recipientes de lo que sucede en algún lugar, y como la gente se ha olvidado, se han olvidado de Iguala y de todo lo que sucedía, yo me atribuí el derecho de la memoria porque yo no me he olvidado. Así empiezo a ser el pueblo, la voz del pueblo. Esa voz es la mía y poco a poco fui dejando entrar otras voces, otros personajes. Hacía muchos años que yo no venía a México cuando escribí sobre Ixtepec. Los recuerdos del porvenir no es más que la presencia del pasado en el lecho de una enferma que recuerda todos los chismes, las historias, los dramas y consejas que presenció y escuchó de niña”.

—¿Quiere decir que entonces no podemos hablar de invención sino de recuerdos?

—Sí, porque yo no invento nada, fundo realidades para crear una nueva. Ahora, yo recuerdo perfectamente la novela y sus personajes porque eran reales y me impresionaban mucho de niña. De esa novela es de la que más me acuerdo, de Juan Cariño, el general Rosas, que en realidad no era el general Rosas, bueno, tenía otro nombre, de sus queridas, ¡uy! como si las viera.

—¿Por qué ponerles otros nombres a los personajes reales?

—Pues yo tomé la decisión de ponerle otro nombre al general porque me parecía muy atrevido usar su nombre sin su permiso, así es que le cambié el nombre. Pero, por ejemplo, a los Moncada no se los cambié, a los Meléndez tampoco, al doctor sí se lo cambié, es el doctor Galo Soberón y Parra, es papá de Guillermo Soberón, quien fue rector de la universidad. Y cuando publiqué la novela, mucha gente de Iguala me vino a ver a México porque se reconoció y se morían de risa.

—¿No hubo reclamos?

—No, todos estaban de acuerdo, nadie me reclamó nada. De las otras novelas me acuerdo mal porque ya son personajes más inventados.

—A pesar de que sus comentaristas insisten en la magia y la poesía, en Los recuerdos del porvenir existe una verdadera polémica con la Historia.

—Sí, en Los recuerdos, pues sí, es la historia de los cristeros. Sí, porque lo que pasa es que hacer puramente literatura no me parece muy honrado, desprecio ese purismo que quiere desprenderse de los hechos bajo la certidumbre de que un arte puro es posible.

(…) Yo creo que si se vive en un tiempo y están sucediendo cosas importantes hay que meterlas en el contexto del libro, de lo contrario no sirve para nada. (10)

Quiero cerrar este viaje por la memoria con la carta que Elena Garro les envió a sus paisanos cuando el 20 de septiembre de 1997 la declararon “Hija predilecta” de Iguala:

Queridos amigos:

Estoy muy feliz con el honor que ustedes me hacen en adoptarme como hija de Iguala, puesto que antes yo adopté a Iguala como mi patria chica. Lamento mucho, mucho no estar con ustedes, pero a mi edad la salud me falla y tengo que quedarme aquí, sentada recordando y pensando en esa ciudad y sus habitantes a los que el destino me priva de ver y de compartir con ellos esta fiesta tan entrañable para mí.

Espero regresar a Iguala, aunque sea de incógnito, en cuanto me sienta mejor, y recorrer sus calles y ver a sus gentes. Ahora el doctor me prohibió el viaje porque la fatiga y la emoción me pueden hacer mal. Les mando mi corazón, que no es como el de López Velarde: mi corazón leal se amerita en la sombra.

Para mí, lo que Elena Garro indicó con sus últimas palabras es que su corazón no “se amerita en la sombra”, como el del poeta zacatecano que tanto admiró, sino que su corazón se amerita, se hace valer en la luz de Iguala, de sus tamarindos, de su plaza, de las torres de su iglesia, de las trancas de Cocula, del silbido del tren, en fin, de ese mundo que la iluminó para que ella nos deslumbrara a nosotros con cada una de sus obras.

Notas

[1] Texto leído en el “Festival Semana de Colores. Homenaje a Elena Garro”, Iguala, Guerrero, 10 de diciembre de 2022.[2] ‘Enciclopedia Guerrerense’. México: Syntaxis. Consultores en Comunicación, 2010, tomo VII, p. 248.[3] El personaje del general Francisco Rosas está inspirado en el general Claudio Fox, quien persiguió a los cristeros en Iguala (1926-1927) cuando Elena Garro vivía en ese poblado con su familia. En su cargo de Jefe de Operaciones en el estado de Guerrero, el general Fox tomó la ciudad y convirtió el curato de la iglesia en el cuartel de la tropa, tal como lo reproduce la autora en ‘Los recuerdos del porvenir’. Fox también perpetró el asesinato del general Francisco Serrano y otros militares el 3 de octubre de 1927, en el poblado de Huitzilac, Morelos, por órdenes de Álvaro Obregón. Serrano se había sublevado en contra de la reelección y el nepotismo del general Obregón.[4] Mendoza, María Luisa. “El juego del que serían: el porvenir de los recuerdos” (véase en Rosas Lopátegui, Patricia. ‘Diálogos con Elena Garro. Entrevistas y otros textos’. México: Gedisa, 2020, vol. 1, pp. 181-184).[5] Sommers, Joseph. “Entrevista con Elena Garro” (véase en Rosas Lopátegui, Patricia, op. cit., pp. 202-203).[6] Solapa en ‘Los recuerdos del porvenir’ de Elena Garro. México: Editorial Planeta/ sello Joaquín Mortiz, 2010.[7] Peralta, Braulio. “Elena Garro en primera persona” (véase en Rosas Lopátegui, Patricia, ibid., pp. 544-545).[8] Alardín, Carmen. “La realidad concreta son muchas realidades. Entrevista con Elena Garro” (véase en Rosas Lopátegui, Patricia, ibid., p. 539).[9] Fuentes, Vilma. “Me da horror pensar que el México que dejé ya no existe”. Elena Garro desde París: “Mejor será no regresar al pueblo” (véase en Rosas Lopátegui, Patricia, ibid., p. 602).[10] Quemain, Miguel Ángel. “El porvenir: esa repetición inanimada del pasado” (véase en Rosas Lopátegui, Patricia, ibid., pp. 1190-1191).

Publicado en Milenio