Por Jorge Fernández Menéndez.

Sabemos que la mejor forma de mantener en su posición a un funcionario, más aún con un presidente como López Obrador, es recomendar o adelantar su salida. Pero, en el caso del subsecretario López-Gatell, esa salida es imprescindible por una simple necesidad del propio gobierno.

El encargado de atender la pandemia, además de soñar con que a partir de esa tragedia podría ser hasta candidato presidencial, y de establecer políticas sanitarias tan equivocadas, ha terminado peleado con el resto del gabinete presidencial y con la enorme mayoría de los gobernadores, incluyendo los de Morena, porque simplemente sus discursos y políticas no son consistentes.

López-Gatell comenzó diciendo, a fines de febrero, que el covid no era una enfermedad grave, que era mucho menos delicada que la gripe, que tenía un índice de letalidad mucho menor y que, simplemente, se iría con la llegada del verano.

No es verdad que eso era lo que se sabía internacionalmente. Ya había información importante desde el primero de enero de este año, en manos de autoridades de Estados Unidos, de la OMS y de otras instituciones. Como cuenta Bob Woodward en su libro Furia respecto a Donald Trump, basado en entrevistas con el propio presidente, lo que se quería hacer era ignorar o minimizar la enfermedad supuestamente para no generar miedo, lo increíble es que ni aquí ni allá se tomaron previsiones ante lo que se venía.

Incluso en ese febrero, en lugar de garantizar el aprovisionamiento de equipo sanitario y médico, México le vendió mascarillas a China, y unas semanas después las volvimos a comprar, ya en plena pandemia, a un precio muy superior.

Esa opinión de López-Gatell, subestimando la enfermedad y las previsiones internacionales, llevó a otro escenario muy delicado: para esa fecha no sólo no había equipo médico y sanitario suficiente, sino que tampoco se entrenó al personal médico ante lo que se venía y ni siquiera se reconfiguraron las unidades médicas del sector salud. Las primeras en ser reconfiguradas para atender el covid fueron, por decisión de sus propios mandos, las que instaló la Sedena. Para entonces teníamos ya un alto número de personal sanitario contagiado y muerto, porque se comenzó a atender la pandemia sin estar en condiciones, sin equipo y sin un protocolo.

Fue más allá, no sólo subestimó la enfermedad, sino que también, en su momento, desestimó el confinamiento, el uso de las mascarillas, los tests masivos de pruebas y, hace poco, las vacunas. Lo de las mascarillas y los tests es simplemente de locos: mientras la OMS pedía pruebas, pruebas y más pruebas, López-Gatell las desechaba e incluso impedía, y México se convirtió en uno de los países con menor número de pruebas por habitante. Los principales especialistas del país le aconsejaron cambiar la política y le propusieron un cronograma y programa de acción basado en la experiencia nacional e internacional: se burló de ellos. Dijo en mayo que la cifra catastrófica de fallecidos que podíamos tener era de máximo de 60 mil y ya hemos duplicado esa cifra. Cuando se publicó, dijo que los medios eran “mercaderes de la muerte”.

En lugar de recortar el poder de López-Gatell, el presidente López Obrador le dio también el control sobre la Cofepris, y si esa institución ya padecía de elefantiasis, se convirtió en un cuello de botella aún más estrecho que antes. Simplemente se cerró la posibilidad de vender desde hace meses tests rápidos a instancias privadas, lo que hubiera ayudado muchísimo en la detección de contagios y el establecimiento de áreas de prevención.

En una de las obsesiones que el subsecretario le ha vendido al presidente López Obrador resultó en que las empresas farmacéuticas eran el enemigo. Mucho antes de la pandemia se destrozó el sistema de producción y distribución de medicinas sin tener con qué reemplazarlo y llevamos dos años sin un pleno abasto de medicinas y con una industria en riesgo de desaparecer, mientras se intenta comprar medicinas a productores internacionales, en muchos casos con peligro de que sean patentes clonadas.

Inexplicablemente, también negó la importancia de las vacunas, cuando, literalmente, todo el mundo tenía su apuesta en ellas. En una reunión de gabinete, donde Claudia Sheinbaum decidió que aplicaría pruebas rápidas, a pesar de la oposición del subsecretario, también se terminó de romper la relación con el canciller Marcelo Ebrard y su equipo, por la compra de las vacunas. En esa reunión, el Presidente calló por primera vez a López-Gatell y rechazó sus argumentos. Para entonces estaba radicalmente enfrentado con buena parte del gabinete y del equipo presidencial.

Llegarán en los próximos días las vacunas. Esta semana, López-Gatell volvió a burlarse de los que decían que se requiere una logística sofisticada para vacunar, aunque ése es un hecho evidente. La pregunta es si se puede seguir confiando en alguien que se equivocó sistemáticamente en todos los pasos de la atención de la pandemia y que ahora puede también, consciente o inconscientemente, por decisión o incompetencia, boicotear la aplicación de unas vacunas en las que no cree. “México debe tomar en serio la pandemia”, recomendó la OMS y, para hacerlo, López Obrador se debe deshacer de López-Gatell.

Publicado en El Excélsior