México tiene una dinámica poblacional impresionante. A pesar de que el crecimiento se ha reducido y comenzamos a dejar atrás el bono demográfico, nuestros 120 millones de habitantes nos han hecho construir y ampliar ciudades de una forma veloz. Decenas de ellas han surgido en los últimos 20 años y no hemos tenido suficientes cronistas urbanos para contar sus historias.

Acapulco, aunque tiene 500 años de antigüedad, es una ciudad hecha de muchas ciudades o, mejor dicho, contiene otras ciudades bajo un solo nombre, como muñeca rusa. Para el turismo y los hoteleros hay tres Acapulcos: el Tradicional, el Dorado y el Diamante, pero esa narrativa esconde o disfraza la historia del otro Acapulco, aquel que surgió en Ciudad Renacimiento (o “Rena”, como le dicen los locales), la enorme unidad habitacional El Coloso, La Sabana, la Zapata y la Colosio, entre otras.

En esas unidades es donde viven quienes construyeron los hoteles y quienes ahora los atienden: sus electricistas, jardineros, vigilantes, maleteros, camareras, choferes, administradores, etc. Solo que esa otra ciudad, donde el equipamiento urbano es escaso, donde los constructores regatearon los espacios públicos, donde a veces ni siquiera hay un centro urbano, se padece la falta de transporte público, de zonas verdes, de servicios y hasta desabasto de agua, esa agua que no falta nunca en los campos de golf de la zona Diamante, esa hermosa franja de tierra ubicada entre la Laguna de Tres Palos y las playas del Revolcadero, Puerto Marqués, Pichilingue y Barra Vieja.

Esa zona que, junto con sus plazas comerciales —entre ellas La Isla—, el aeropuerto, el Princess con su abierto de tenis y el Imperial, no sería posible sin toda la población de servicios a la que se le escamotean las obras.

En los últimos 30 años Acapulco recibió miles de millones de pesos en obras publicas destinadas a los turistas y a los automovilistas, viaductos y túneles como el Maxitúnel y el Macrotúnel, ambos con unos 3 kilómetros de extensión —de los más grandes de México— amén de pasos elevados, libramientos, vías rápidas, etc., que pagó la Secretaría de Comunicaciones y Transportes en tiempos de Fox, Calderón y Peña Nieto para “resolver” los problemas de tráfico del puerto, mientras la población sigue sufriendo de un precario servicio de transporte.

Hoy en día es posible llegar al Bulevar de las Naciones, en la zona Diamante, sin pasar por La Sabana, Renacimiento o El Coloso mientras que miles de habitantes han tenido que crecer sufriendo la violencia y la descomposición social.

El turismo de élite disfruta de grandes inversiones mientras que la población habita en espacios sin arbolado, sin aceras decentes, con escaso transporte público, muy lejos del ideal de ciudades densas, conectadas, seguras, amables, con usos mixtos.

A pesar de todo, ese Acapulco siempre será aquel al que le cantó Agustín Ramírez y sus playas aún invitan a disfrutar de un pescado a la talla o un buen plato de pozole verde, acompañadas sea de una cerveza fría, un buen mezcal, un agua de nanche, de tuba o chilate. Eso ya está por descontado, lo que falta es invertir las prioridades en las obras públicas. 

Por Héctor Zamarrón.

Publicado en Milenio