Por Miguel Ángel Arrieta.

Los indicios de cicatrización adelantada en Morena Guerrero son claros: la disputa por la candidatura a gobernador entró en zona de riesgo ante un escenario de crisis agregado por la pandemia. El problema entre morenistas no es el golpeteo incesante entre los grupos de los aspirantes, lo grave para su partido vendrá cuando en enero del 2021 se revelen las cifras de la caída económica del 2020, se haga un recuento de las víctimas de la inseguridad y se analice el impacto del Covid-19.

La reflexión que conduce a esa especie de tregua no es gratuita. Lo que motiva la sofocación del fuego amigo en Morena se desprende de la sugerencia del líder de la bancada morenista en el Senado, Ricardo Monreal, quien adelantó que el presidente López Obrador viene a Guerrero antes de dos semanas y no está dispuesto a atestiguar demostraciones de músculo ni piedras lanzadas desde el anonimato.

Las razones de López Obrador son justificadas; la lucha por la gubernatura se dará en una pista paralela a las elecciones intermedias por el Congreso de la Unión, por lo que cualquier tropiezo coloca a Morena en posición de perder diputaciones federales y consecuentemente bloquear al presidente el control del Congreso.

Por lo pronto, la semana pasada Luis Walton fue enfático al reiterar a los integrantes de su primer círculo no alentar fuego amigo, lo cual ha venido haciendo desde marzo pasado; Félix Salgado Macedonio acordó con su equipo no entrar a los dimes y diretes que caracterizan su estrafalaria imagen; Nestora Salgado se alejó por completo de los reflectores; Pablo Amilcar Sandoval convocó a su estructura burocrática a intensificar el cumplimiento de programas sociales; Alberto López Rosas disminuyó su activismo y Adela Román Ocampo envió a su operador Silvestre Arizmendi a promover la unidad del partido en las regiones del estado.

De otra forma no se entiende la salida de Arizmendi de la Dirección de Comunicación Social, después de que el funcionario logró estabilizar el accidentado manejo que el ayuntamiento ha tenido en su relación con medios de comunicación, y abrió espacios digitales para ampliar los canales informativos del gobierno municipal.

Silvestre Arizmendi es fundador de Morena y se integrará a un equipo organizado por el líder nacional de ese instituto, Alfonso Ramírez Cuellar, para evitar que el partido ensanche el divisionismo actual y disminuya las posibilidades de sufrir severas pérdidas en las federales intermedias.

De hecho, el proyecto de unidad incluye a representantes de cada grupo de aspirantes a gobernar Guerrero.

Y es que a Morena aun le esperan por lo menos cinco meses para definir candidato. En la práctica, la carencia de un referee representaría la acumulación de mayores fracturas internas y desencuentros reflejados en pérdida de votos.

Después de todo, los partidos que ocuparon la presidencia de México en los últimos cuatro sexenios perdieron sus elecciones intermedias cuando sus élites actuaron en función de intereses individuales y relegaron la opción de sobrevivir por medio de un pensamiento estratégico.

En ese mismo marco de divisionismo que encara ahora Morena, han transitado PRI, PAN y PRD en escenarios donde la ausencia de una visión de conjunto los llevó a adentrarse en el territorio de lucha sin reglas para conseguir sus objetivos, y con ello arrastraron hacia la demolición a sus partidos.

Luis Walton y Félix Salgado se han adelantado en cierta forma a esta apreciación. En dos ocasiones han tendido puentes que les han permitido dialogar sobre la necesidad de imponer la unidad, independientemente del resultado en la selección del candidato a gobernador.

En el fondo, se trata de una percepción para entender que más allá de los desafíos de la campaña electoral contra un posible bloque PRI-PAN-PRD, lo que pondrá contra las cuerdas a Morena en el 221 serán los costos sociales y económicos detonados por los tiempos del coronavirus.

La suma de la carencia de empleos, el cierre de miles de negocios, la negativa de apoyos institucionales para apoyar a pequeños y medianos empresarios, las deficiencias en el manejo de la pandemia, la escasez de medicamentos en hospitales especializados, el crecimiento de la inseguridad y los efectos de una recesión económica, crearán una crisis política inevitable pero previsible.

Los presupuestos estatales registrarán recortes inéditos y desde ahora los gobernadores han transmitido la información de que los efectos derivados de la cancelación de programas asistenciales y construcción de obra pública, se desprenden de la negativa del gobierno federal para activar un programa emergente de reactivación económica y rechazar apoyos a la planta productiva del país.

Al final de cuentas, Morena enfrentará tres adversarios: la disgregación interna, los efectos de la pandemia y la persistencia de una posición disminuida pero no inexistente.

Por lo pronto, sus dirigentes parecen haber entendido que como partido en el poder su obligación es llegar lo menos dividido a las legislativas federales intermedias.

Publicado en TodoTexcoco.com