Un test de anticuerpos acaba de confirmar las sospechas que José tenía desde finales de marzo. Aquella tos, la fiebre y los dolores musculares que le tumbaron durante días en la cama eran culpa de la Covid-19. Era “el bicho” quien le obligó a pedir la baja y quien le dejó “fuera de combate” una buena temporada. Ahora, un diagnóstico ha resuelto, por fin, la duda que este madrileño de 40 años ha arrastrado durante meses, aunque también ha planteado otras incógnitas: ¿Por qué su mujer, Patricia, que le cuidó durante los días de convalecencia, ha dado negativo en la prueba? ¿No se contagió?

Muchas parejas se hacen las mismas preguntas estos días, después de someterse a test serológicos con resultados dispares. Sin embargo, los expertos aún no tienen una respuesta clara que darles. Hay muchas explicaciones posibles para esta discrepancia y con el SARS-CoV-2 las certezas todavía hoy son escasas.

En primer lugar, es posible que algunas de estas parejas efectivamente hayan evitado el contagio, explica Alfredo Corell, portavoz de la Sociedad Española de Inmunología (SEI). Sobre todo en aquellos casos en los que se hayan respetado las recomendaciones de aislamiento -como el uso individual de habitación y baño- es perfectamente factible que la transmisión se haya bloqueado, añade el inmunólogo.

No obstante, en otras ocasiones, también es posible que el negativo en el test de anticuerpos sea sólo “una apariencia de no contagio”, una especie de verdad a medias que no muestra una imagen completa de lo sucedido. “Porque no tener anticuerpos no significa no haber pasado la enfermedad”, sostiene Corell.

Hace unas semanas, los resultados de la última oleada del estudio de seroprevalencia de Covid-19 que ha realizado el Instituto de Salud Carlos III mostraba, entre otras conclusiones, que en un porcentaje significativo de afectados, los anticuerpos desaparecen transcurrido un tiempo tras la infección. En concreto, la investigación puso de manifiesto que un 14% de españoles que en la primera fase del estudio sí habían dado positivo en anticuerpos IgG -los que tienen memoria para el futuro- obtuvieron, en cambio, un resultado negativo apenas unas semanas después. Según el estudio, que apunta a una posible falta de sensibilidad de los test, la pérdida de anticuerpos fue más frecuente entre las personas que no habían sufrido síntomas de la enfermedad.

Unos días antes de que decretaran el estado de alarma, Gonzalo comenzó a sentirse mal y tuvo un poco de fiebre. El malestar, muy leve, apenas duró un par de días, así que dio por hecho que se trataba de un simple resfriado y continuó con su vida normal. Sólo cuando, 10 días después de los primeros síntomas, se quedó repentinamente sin el sentido del olfato pensó en que podía haber sido coronavirus. Había vivido todo el proceso junto a su novia y supuso que los dos se habrían infectado. Pero los test ELISA que ambos se hicieron casi tres meses después mostraron que el único positivo en IgG era él.

“Todavía es mucho lo que desconocemos sobre la inmunología que deja el virus”, señala Ángel Asensio, jefe del servicio de Medicina Preventiva del Hospital Universitario Puerta de Hierro de Majadahonda (Madrid), quien también apunta que, en su hospital, “hasta el 20% de los trabajadores que se han infectado y tenían confirmación por PCR no han mostrado luego serología positiva” sin que, de momento, se sepan las razones de esta discrepancia.

Desde hace semanas, el inmunólogo e investigador del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC) Miguel Ángel del Pozo apunta otra posible explicación para muchos de estos casos que, a priori, no encajan con lo esperado. Según su hipótesis, otros mecanismos de defensa distintos a los anticuerpos -como la inmunidad innata y celular- también pueden estar interviniendo en la lucha contra el SARS-CoV-2. Sin embargo, los test que se usan habitualmente en la clínica no están diseñados para detectar su acción, por lo que el efecto de estas milicias pasa desapercibido. “El sistema inmunitario es tremendamente complejo y los anticuerpos no son la única defensa que se despliega ante una amenaza”, explica Del Pozo.

“La inmunidad celular, mediada por los linfocitos T de memoria, también confiere una gran protección”, continúa el científico. Sin embargo, las pruebas disponibles para el SARS-CoV-2 no miden la acción de estas defensas, sino que principalmente analizan la presencia de dos tipos de anticuerpos: las inmunoglobulinas IgM -que muestran si existe infección activa- y los IgG -los anticuerpos que guardan memoria para futuras infecciones-.

“Es posible que haya personas que, ante la infección, no hayan necesitado producir anticuerpos o los hayan generado en pequeña cantidad, porque sus defensas se han valido de las células T”, explica Del Pozo. Estos linfocitos, recuerda, también tienen memoria, por lo que, al igual que los anticuerpos IgG, también podrían conferir protección frente al virus en el futuro. Pero, por dificultades técnicas en los análisis, su efecto está quedando en la sombra.

Dos estudios han apuntalado en los últimos días la hipótesis que plantea Del Pozo. El primero de ellos, un estudio en siete familias publicado como preprint (y, por tanto, pendiente de revisión) en medRxiv por investigadores del Instituto Nacional de Investigación Médica francés (INSERM), pone de relieve la importancia de la respuesta celular frente a la que confieren los anticuerpos. Tras analizar a nueve pacientes confirmados de Covid-19 y ocho de sus contactos cercanos, que habían dado negativo en los test de anticuerpos, los investigadores comprobaron que en seis de estos familiares existía una clara activación de las células T frente al SARS-CoV-2 que, además, seguía estando presente 80 días después del inicio de los síntomas.

Otro estudio reciente del Instituto Karolinska de Suecia y publicado de forma preliminar en el repositorio de prepublicaciones bioRxiv señala que el nuevo coronavirus es capaz de provocar una fuerte respuesta de las células T de memoria. Es más, el trabajo también sugiere que podría haber casi el doble de sujetos con inmunidad celular con respecto a los que presentan anticuerpos.

Ambos trabajos señalan, por tanto, que el análisis de los anticuerpos no permite obtener una fotografía muy precisa de la epidemia, un punto con el que coinciden Corell y Del Pozo: “Es muy posible que el porcentaje de personas que han estado en contacto con el virus sea superior al que indican los estudios de seroprevalencia”, subrayan.

Durante la presentación de los resultados del estudio que ha llevado a cabo el Instituto de Salud Carlos III de Madrid para conocer la huella del virus en España -y que señala que el porcentaje de personas con anticuerpos ronda el 5%-, la directora del Centro Nacional de Epidemiología, Marina Pollán, reconoció que “la inmunidad celular también parece jugar un papel importante en esta enfermedad” y subrayó que la seronegativización detectada en el 14% de la muestra no implica por sí misma que esas personas hayan perdido la inmunidad frente al coronavirus.

“No pueden extraerse conclusiones sobre la inmunidad poblacional hasta que se midan las otras respuestas del sistema inmune”, señala Del Pozo. De cualquier manera, prosigue el científico, seguimos sin conocer qué porcentaje de la población ha superado la enfermedad o en qué medida está protegida frente a futuras infecciones, por lo que “no se pueden relajar en ningún caso las medidas de prevención de contagios”, como la distancia social, la higiene de manos o el uso habitual de mascarilla en las interacciones, remarca.

Todavía no hay respuestas claras sobre por qué, en muchas familias, los test de anticuerpos arrojan resultados tan contrapuestos. Pero, hasta que la investigación avance, lo único que sí sabemos, recuerdan los expertos, “es que debemos comportarnos como si ninguno de nosotros estuviera protegido”.

Por Cristina G. Lucio.

Publicado en El Mundo.