Andrés Manuel López Obrador, presidente de México.REBECCA BLACKWELL / AP

Hace ahora dos años, Andrés Manuel López Obrador logró la presidencia de México con una rotunda victoria electoral, la más amplia que se recuerda en la historia democrática del país. Desde entonces (aunque tomó posesión seis meses después), emprendió lo que él llama la cuarta transformación de la República, esto es, un cambio de régimen, centrado en la lucha contra la pobreza y la corrupción. López Obrador se presenta como un presidente de izquierdas, con un indiscutible origen en las luchas sociales, aunque no necesariamente partidario de los postulados generalmente aceptados por los movimientos progresistas. El camino era ya de por sí difícil. Pero la tendencia del presidente a la confrontación ha tensado el país y le ha alejado del pragmatismo que mostró durante la campaña y con el que en su día gobernó la Ciudad de México.

No hay duda de que muchas de las banderas que llevaron al poder al ahora presidente de México siguen estando vigentes. La necesidad de sacar a millones de personas de la pobreza; el combate contra la corrupción, que especialmente en el anterior sexenio permeó la vida pública mexicana; la urgencia por avanzar en derechos sociales como el aborto o poner fin a la epidemia homicida que desde hace más de una década ha teñido México de sangre son objetivos indiscutibles. Nadie puede negar que estas son las prioridades que ayudarán a construir un pleno Estado de derecho como el que merece el país de habla hispana más grande del mundo.

López Obrador sigue contando con un amplio respaldo social. Un 68% de los mexicanos aprueba su labor al frente del Gobierno, pese a rechazar su gestión de la inseguridad y los feminicidios, según una encuesta que ha publicado este diario con motivo de los dos años de la victoria electoral. Uno de los desafíos más inmediatos del presidente es detener la lacra homicida de las batallas con y entre el crimen organizado. Pero también la violencia machista, que mata a 10 mujeres al día. Para conseguir ambos objetivos resulta imperativo que el Gobierno aclare su estrategia de seguridad, si tiene alguna.

Los datos confirman el apoyo mayoritario de la sociedad a López Obrador —aunque se muestre dividida ante los resultados concretos de su gestión o alguno de sus proyectos fetiche—. También prueban que México es más profundo que las polémicas entre élites. López Obrador lo sabe. Quizá por ello el mandatario persiste desde que asumió el poder en mantener una actitud de confrontación con todo aquel que discrepe con él, sean las empresas privadas, los medios de comunicación —incluyendo este diario— a los que ataca con vehemencia, e incluso una parte de su Gobierno, al que ha enviado distintos mensajes. El presidente debería ser consciente de que gobierna para todos los mexicanos, no solo para sus seguidores, y que el bienestar del país está por encima de cualquier objetivo personal. Más aún en un momento en el que la pandemia del coronavirus ha colocado al mundo frente a un futuro incierto. Huir de la confrontación y tender puentes con sus críticos es el único camino posible para lograr los avances que la sociedad mexicana necesita con urgencia.

Publicado en El País