La rijosidad del presidente al confrontar a los dos México ha convertido en rivales a sectores que pudieron ser aliados o por lo menos testigos pasivos de su estrategia.

Por Jorge Zepeda.

El Gobierno de Andrés Manuel López Obrador, contra lo que muchos piensan, constituye un intento para apuntalar un sistema que se encuentra agotado y urgido de medidas correctivas que, de no tomarse, podrían desestabilizarlo. La corrupción, el descrédito de su clase política por los excesos, la desigualdad social, sectorial y regional, y los niveles de criminalidad habían llegado al punto de que la exasperación por parte del México desatendido podían provocar brotes de explosión social. Las muestras lo vemos todos los días: linchamientos, bloqueos de las vías públicas, guardias autoarmadas, saqueos, justicia por mano propia y un largo etcétera. Llamaradas puntuales, aunque cada vez más frecuentes, síntoma de que algo más grave se está cocinando en el subsuelo de la inconformidad social.

Frente a este tipo de situaciones la historia suele ofrecer dos opciones, reformar el sistema o reprimir (además de una tercera: revolución, cada vez más improbable en un mundo tan globalizado e interdependiente). Las elecciones de 2018 ofrecieron la posibilidad de incurrir en la primera. El sector más descontento pudo expresar política y democráticamente su insatisfacción. López Obrador es la respuesta a esta manifestación y su Gobierno constituye la reforma que el sistema estaría necesitando, aunque no lo supiera y muchos no la desearan.

El cambio propuesto por el Gobierno de la Cuarta Transformación (4T) está centrado en una serie de políticas públicas encaminadas a acotar la desigualdad social y regional, abatir la corrupción y ensayar otra estrategia contra la inseguridad sin trastocar las relaciones con Estados Unidos, sin provocar endeudamiento público, privatizaciones o ensanchamiento del Estado, sin represión política o policiaca, sin incremento en los impuestos o la inflación. Más allá de la narrativa radical que unos y otros se han echado en cara, en realidad lo que hemos vivido en dos años es un intento de reforma social orientado a paliar los excesos sin desestabilizar el edificio económico y social.

Desde luego que un régimen de contención, dieta y ejercicios no es algo que todos desean, e incluso los que están dispuestos a asumirlo, pueden diferir sobre la modalidad e intensidad del cambio. 

Consciente de ello, al tomar posesión López Obrador hizo un llamado a todos los ciudadanos, particularmente al tercio más próspero, para hacer un alto al camino de crecimiento a ultranza y atender a los pobres por el bien de México en su conjunto. Y justo es lo que ha puesto en marcha. El combate a la corrupción, el saneamiento de las finanzas públicas empezando por la recaudación de impuestos, el fin de los excesos en el gasto suntuario, los proyectos de inversión en el sureste empobrecido, el aumento sustancial del salario mínimo y sobre todo la enorme transferencia directa de recursos a los necesitados han sido medidas destinadas a mitigar el descontento social y la precariedad de los desesperados. Tan es así que, antes del coronavirus, los indicadores habían comenzado a mostrar por primera vez en lustros, un mejoramiento del poder adquisitivo real de las clases populares.

Mirado sin apasionamientos, el Gobierno de la 4T habría sido el régimen de dieta y ejercicio que el sistema necesitaba luego de los excesos y desequilibrios de los últimos años. Podría no ser placentero, de la misma manera que no lo es cualquier disciplina que nos somete a privaciones desacostumbradas, pero resultaba indispensable para no incurrir en enfermedades mayores.

Por desgracia, el responsable de aplicar ese régimen perdió de vista su propia convocatoria. Poco a poco se fue alejando del jefe de Estado de ese primer momento, capaz de concitar el interés del México de arriba para ayudar al de abajo, hasta devenir en un instigador de la confrontación entre los dos Méxicos. O, para seguir la metáfora del gimnasio, en un entrenador que en lugar de motivar al usuario a esforzarse lo cubrió de denuestos implacables sobre su gordura y malos hábitos.

En la práctica la rijosidad del presidente al confrontar a los dos Méxicos ha convertido en rivales a sectores que pudieron ser aliados o por lo menos testigos pasivos de su estrategia de reformas. Era complicado pero muy factible convencer a los otros poderes fácticos sobre la conveniencia de introducir un poco de autodisciplina en aras de conseguir un país más sano. Ahora, en cambio, amplios y poderosos sectores de la población se declaran adversarios y se disponen a convertirse en un obstáculo de las reformas de López Obrador.

Lo anterior se traduce en malas noticias para los pobres. Después de todo el 75% de la actividad económica depende de la inversión privada nacional y extranjera, buena parte de la cual cada vez se muestra más preocupada y desactivada por la actitud del mandatario.

Hay en el presidente una pulsión inexplicable que lo lleva a convertirse en un boicoteador de su propio proyecto. Su temible imprecación “mi pecho no es bodega”, esgrimida varias veces a la semana como justificación, suele ser un desahogo de alguna frustración procedente quizá de su largo calvario como opositor, pero invariablemente termina dinamitando puentes con otros actores sociales; y, en esa medida, socavando el piso del jefe de Estado que desea sumar esfuerzos para su cruzada.

Hay en López Obrador un impulso autogratificante que lo lleva al revanchismo y a convertirse en lo que sus rivales de siempre habían profetizado. Nunca estuve de acuerdo con el calificativo de “mesías tropical” que le endilgó Enrique Krauze, ¿pero qué replicar frente a los decálogos morales que le ha dado por recetarnos, en un absurdo afán de convertirse en una especie de guía espiritual de una comunidad que lo eligió tan solo como responsable político?, ¿por qué enemistar de manera gratuita a feministas, a gremios profesionales, a medios de comunicación, a activistas, a sectores sociales, a Gobiernos extranjeros, empresarios y otros? Razones existen, por supuesto, pero manera de enfrentarlas sin ponerlos en su contra, también.

Hay en el presidente una fe conmovedora en el pueblo mexicano y un conocimiento profundo del subsuelo que hemos ignorado. Haber llegado al poder para intentar un cambio es una oportunidad histórica única y una necesidad urgente. ¿Por qué boicotearla? ¿vocación al fracaso?, ¿deseo de inmolarse?, ¿fractura de personalidad? ¿simple y llana soberbia?.

En suma, ¿por qué boicotea López Obrador su propio proyecto?

Publicado en El País