Nada más peligroso que un loco con poder. Los hemos visto hacer destrozos en la historia, y villanías en el día a día. Los hay megalómanos, insensibles y hasta asesinos. Son personajes tenebrosos que viven bajo el influjo de las mieles del poder y que en su embriaguez lastiman a la sociedad.

La borrachera de éxito que acompaña al ejercicio del poder es tan peligrosa como potencialmente insuperable. El efecto del vértigo de omnipotencia, el síndrome del emperador o una simple megalomanía pueden poner en riesgo a los ciudadanos pues sus delirios no saben ni de justicia ni de honradez.

De su locura puede esperarse cualquier cosa: un incendio en una ciudad, el encarcelamiento de inocentes o la desaparición forzada.

No hay adicción más difícil de dejar: el deseo de dominar se vuelve motor, deseo y fin único del loco con poder que no entiende razón alguna ni hay lógica detrás de sus pensamientos. Es ahí en donde aparecen los atropellos, las humillaciones y las violaciones a los Derechos Humanos.

Para muestra: Andrés Manuel López Obrador, quien no ha dudado —una vez más— en dejarnos saber que su adicción y su autoritarismo no conocen límites. Para AMLO, la única ley es la que marca su gorda e insaciable ambición que depende de sus delirios y de sus inseguridades.

AMLO no respeta la independencia de los poderes, vive al margen de las leyes y de la justicia; pero para su mala suerte ésta es no es una batalla perdida; quienes deben temer son los borrachos de poder pues son ellos los que padecerán la resaca del pueblo. No hay nada que el tiempo no ponga en su lugar; la verdad termina por imponerse y la justicia alcanzará a los destructores de la República en algún punto.

Me pregunto si AMLO y sus secuaces están listos para enfrentar los reclamos políticos y jurídicos que en algún momento verán la luz. Supongo que no, pues los locos con poder suelen ser pequeños cobardes cuya maldad depende de su puesto y nunca de su grandeza ni de su nombre.

Al tiempo.