Por Federico Barrueto.

Como pocos, el Presidente tiene el modito de creer y descreer lo que quiera. Los representantes empresariales reciben el rechazo presidencial bajo la creencia de que su propuesta de apoyo a la economía es un Fobaproa embozado. No les cree y quienes ayer se desvivían avalando a la autoridad que ahora los difama, no les queda otra que aguantar e intentar recuperar la representatividad perdida por su colaboracionismo. Nunca en la historia del país había existido un gobierno tan hostil ante la empresa y nunca buena parte de la cúpula empresarial había sido tan obsequiosa al gobierno. En el pecado, la penitencia.

En estas horas tan desafiantes el Presidente ha optado por continuar con su discurso de insulto, injuria y confrontación. Incluso lo ha acentuado. La primera baja de esa guerra ha sido la verdad y, como tal, se decide bajo el prisma de la conveniencia qué creer y qué descalificar.

Así, el señor Hugo López Gatell se ha vuelto el publicista de cabecera. El gobierno está dividido. Hay funcionarios favoritos y otros que prácticamente han dejado de existir como el propio secretario de Salud. También hay otros como el canciller Marcelo Ebrard, a quien la circunstancia, la destreza propia y la necesidad del Presidente, lo han elevado al primer sitio en el gobierno.

El Presidente da crédito sin reserva al subsecretario López Gatell. Seguramente van por la misma vereda, pero el Presidente aspira dejar su nombre en una buena página de la historia y no como lo anticipa el término de su mandato. El país será más pobre, injusto, inseguro y estará más dividido de lo que era cuando ganó el poder con amplia y convincente mayoría. Los presidentes que son rehenes de su obsesión histórica han terminado en desgracia, allí están José López Portillo o Carlos Salinas de Gortari.

La credibilidad presidencial es del tamaño del de su incredulidad. No importa quien avale el dicho, tampoco la solidez de los argumentos o las pruebas. La medida de la verdad es el apego a la causa. Nada más. Por eso los representantes empresariales están perdidos. Para ellos, desde el poder no hay otra opción que el sometimiento, ver sus empresas y el país en dificultad ante la complaciente soberbia de quien ayer aplaudieron.

El Presidente está decidido en acabar con los indicadores. El tema es moral, no es la veracidad. El PIB no dice lo que se necesita porque mide realidades. Él necesita un indicador moral, que la razón, el dato o la cifra valga a partir de su apego a la causa. Lo demás es lo de menos. Por eso no importa la preparación ni la experiencia del funcionario, sino su sometimiento al proyecto.

No deja de ser ingenuo que se crea que se investigará con autenticidad y habrá resultados consecuentes por lucrar con la pandemia, esto es los negocios del hijo de Manuel Bartlett Díaz con insumos de equipo sanitario vendidos al gobierno a precio muy elevado, al decir de la denuncia privada. Hasta la lucha contra la corrupción se tasa por las lealtades a la causa. Los de casa son una cosa, los de enfrente otra, con todo y que los hechos sean abrumadoramente contradictorios a la conquista de México por la gente proba. Podrá haber purga por razones propias de la desgracia política, pero difícilmente justicia. Justicia legal, la única válida en una democracia.

El país se aproxima a la normalidad con base en información falsa proveída por un político a quien su jefe le da la condición de experto como concesión por su incondicionalidad y sometimiento. La imprecisión de la contabilidad de los muertos se corresponde a una vieja tradición. Doloroso ser parte de esa estadística, una ofensa que no se acredite la causa del deceso y todavía peor que ni siquiera se incorpore a los números. En este país no solo se pierde la vida, pero tampoco se concede el derecho a ser reconocido como tal.

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Publicado en Milenio.