Bruegel el Viejo: El triunfo de la Muerte 1562 – 1563.

Por El Marqués de Puerto Marqués.

En el inicio de la crisis del coronavirus se ha podido ver una diferencia de aproximación en algunos países. Italia, España y México se encerraron, mientras que en Inglaterra surgió la idea de la “inmunidad de rebaño” y el aislamiento selectivo para no detener el país. Esta visión se reprodujo con matices en EE.UU en algunas voces críticas al encierro.

De fondo había planteamientos intelectuales y científicos distintos, y también una cuestión de oportunidad. La imprevisión de España y la gravedad de sus números no permitía otra cosa que encerrarse. Sin embargo, era posible advertir, de fondo, la diferencia entre Italia y España, y su bloqueo “a la china” y ciertos planteamientos anglosajones que abogaban por no detener la economía. Al final, todos los países harán, si pueden, algo parecido, pero en origen hubo una diferencia temperamental o cultural ante el peligro del virus. Esta diferencia evoca otra anterior sobre cómo enfrentarse a las epidemias. En el siglo XIX, la amenaza del cólera agudizó el debate entre dos corrientes científicas.

Por un lado, la teoría del contagio por gérmenes; por otro, la de los miasmas, que consideraba que las infecciones se producían por miasmas que emanaban de los cuerpos descompuestos o de las basuras.

La primera justificaba las cuarentenas, la forma clásica y mediterránea de enfrentarse a la epidemia desde la peste negra, cuando surgen como políticas de salud pública en ciudades como Venecia. En el siglo XIX, con el auge de la teoría alternativa del miasma (que venía de Hipócrates) las cuarentenas se consideraban una costumbre poco justificada y supersticiosa, católica, que además iba en contra los postulados librecambistas del liberalismo inglés del XIX. En este paradigma científico-liberal decimonónico anglosajón quizás haya un antecedente remoto de lo visto estas semanas.

Aquel debate no duraría mucho; poco después, Pasteur descubrió los gérmenes y Koch el bacilo del cólera, rehabilitándose definitivamente la teoría del germen. La ciencia justificaba así las cuarentenas, que ya eran una costumbre y tenían, además, un origen religioso. La cuarentena estaba de alguna forma prefigurada en el Antiguo Testamento, una de esas costumbres elevadas a regla por la religión, que se refería originalmente a los leprosos y a su necesario alejamiento.

La cuarentena de los extranjeros (comerciantes que arribaban a los puertos), de los enfermos o de los sospechosos fue, de este modo, una medida del mundo cristiano y mediterráneo, tampoco generalizada. En el ámbito musulmán, las enseñanzas del Profeta contenían también disposiciones sobre las epidemias, aunque distintas, menos activas: no ir al país infectado, y si se trata del propio, no salir. En otro hadiz aparece la idea del confinamiento: permanecer pacientemente en casa como acto de adoración según lo que Alá decrete, con la recompensa del martirio.

Este confinamiento generalizado, no discriminado, sacrificado y sumiso a lo que la Deidad disponga, se parece más a la salida obradorista actual de la crisis del coronavirus.

Twitter @TiempoGro