Por Guillermo Valdez Castellanos.

Hace dos semanas me preguntaba en este espacio si, además de la crisis del covid-19 y de la recesión económica, tendríamos una tercera causa de la crisis de gobernabilidad debido a una gestión equivocada de los dos primeros fenómenos. Hay crisis de gobernabilidad cuando las capacidades (legales, presupuestales, operativas, etcétera) del gobierno son rebasadas, ya sea por demandas sociales y/o económicas de la sociedad, o por situaciones como la pandemia o una recesión económica.

En esas situaciones si no se toman medidas radicales para incrementar las capacidades del gobierno y aminorar las presiones sociales, la situación se deteriora aceleradamente, porque la falta de respuesta empeora la situación y además enoja a la sociedad, la cual incrementa las demandas, agravando la incapacidad gubernamental. Se entra a un círculo vicioso de deterioros político, social y económico que se retroalimentan mutuamente. Recuérdese que en materia de crisis económicas y políticas no hay fondo. Se puede seguir cayendo hasta niveles críticos. México vivió una crisis de gobernabilidad de gran magnitud después del terremoto de 1985.

Mi tesis es que la ingobernabilidad, producto del coronavirus y la recesión económica, se agravará debido a la incompetencia y terquedad del presidente Andrés Manuel López Obrador, que ha impedido diseñar y aplicar políticas pertinentes y adecuadas para incrementar las capacidades de su gobierno y para reducir las demandas sanitarias, sociales y económicas. Aún considerando que el manejo de la epidemia del covid-19 ha sido la correcta (lo cual está a discusión) es muy probable que el sistema de salud sea rebasado por el lamentable estado en que lo dejaron la cancelación del Seguro Popular y los recortes presupuestales.

En el campo económico, la negativa a poner en marcha un programa de medidas para mitigar lo más posible el impacto en las empresas y las personas de la recesión (mantener como única medida las transferencias monetarias de los programas sociales actuales es una vacilada), y a considerar una política agresiva de recuperación (que incluya entre otras cosas modificar las decisiones que han esfumado la confianza del sector privado), el país tardará dos o tres años en recuperar el nivel previo a la recesión. En las anteriores crisis económicas (1995 y 2009) las caídas del PIB se recuperaron en solo un año. Esta vez no será así gracias a la miopía de AMLO que ve a los empresarios como delincuentes de cuello blanco a los que tiene que saludar.

En pocas palabras, la incompetencia presidencial y de su gobierno agravarán el riesgo de un impacto prolongado de la epidemia y de una crisis económica de larga duración y ello va a multiplicar innecesariamente los daños sociales, económicos y políticos. Él mismo está matando su proyecto.

En la mañanera del lunes, cuando su gobierno estaba por declarar la emergencia nacional por el covid-19, el Presidente, de repente y sin venir a cuento, aseguró que “el mal que más ha dañado a México, el que más aqueja, el cáncer que estaba destruyendo a México es la corrupción y tenemos que desterrarlo”. Esta digresión no fue gratuita; es el reconocimiento involuntario de que lo único que él considera relevante de su misión como presidente es combatir la corrupción. Lo demás le es irrelevante. Si esa es su obsesión, ¿por qué no pide su cambio a la presidencia del Sistema Nacional Anticorrupción? Cuenta con mi voto.

Publicado en Milenio