Hotel Habita.

Por Federico Pérez Cruz.

Citado en cierto hotel de la Ciudad de México, de cuyo nombre no quiero acordarme, constaté una realidad apabullante. Digna de un filme apocalíptico. O una novela distópica. Las hosterías de la Capital transformadas en pueblos fantasma. Sin huéspedes. Cual cascarones huecos. Vacíos y deshabitados. Por un lado, el miedo y, por el otro, las recomendaciones sanitarias contra el Covid-19 los mantienen francamente despoblados. Según reporta la Asociación de Hoteles de la Ciudad de México: hoy, con 20 hoteles cerrados; con una desocupación general del 90 por ciento; con nueve de cada diez habitaciones vacías. Y siendo aún peor el pronóstico que no apunta hacia una mejoría inmediata, sino todo lo contrario. Pues la crisis del coronavirus recién comienza. A la vez que hoy se anunció una cuarentena absoluta para toda la población capitalina durante todo el mes de abril.

Mala cosa. Más bien, malísima y pésima. Pues los empresarios hoteleros de la CDMX generan, por sí solos, año con año, el 8 por ciento del PIB capitalino: unos 118 mil millones de pesos; casi 5 mil millones de dólares. Y procuran empleos formales -empleos permanentes, que sí pagan impuestos- a más de 1 millón 300 mil personas, día tras día. Fungiendo como auténticos líderes creadores de riqueza humana y material. De bienestar personal y familiar. Brindando estabilidad a la sociedad y al erario público, atendiendo a millones de turistas nacionales y extranjeros, incansablemente. Siempre en apego a la ley.

De ahí, lo matemáticamente raro e incomprensible en el actuar del Gobierno capitalino. Que, bailando al ton y son de la canción orquestada desde el Palacio de Nacional, no accedió a las solicitudes de ayuda, de auxilio urgente y socorro indispensable, presentadas formalmente por los empresarios hoteleros. Peticiones simples, razonables y necesarias para sortear la presente crisis que pone en riesgo los empleos y el sustento de más de un millón de familias capitalinas. Incluida la suspensión provisional temporal y extraordinaria de algunos impuestos gravosos: como el impuesto sobre nómina o el impuesto sobre hospedaje. Entre otras peticiones, también denegadas, como el acceso a préstamos expeditos de Fondeso, Nafinsa y Bancomext.

Uno se pregunta: ¿de verdad, el Gobierno prefiere arriesgarse a perder el 8 por ciento de su PIB a la vez que regala 500 millones de pesos para “créditos” sin intereses? Créditos más simbólicos que útiles. “Más atole que dedo”, como diría mi abuelo. Y que, dada la presente recesión, aunada a la inflación, a duras penas serán suficientes -muy, si acaso- para comprar unas cuantas gotas más de gel antibacterial.

Sin duda, en momentos como estos, de grandes crisis, lo que se exige del Gobierno es la astucia y la sagacidad financiera. La sabiduría para sacrificar sus programas electorales, por el auténtico bien de la población. Y no a la inversa. Dice el dicho: “cuida la recaída, que es peor que la enfermedad”.

Publicado en Reforma