• Aunque se resista a reconocerlo, el legado del presidente López Obrador se juega en las próximas horas.

    Se acercan días muy oscuros para México. Debemos aceptar que no hay escapatoria. Me temo que, si la voz más sensata del gobierno nos advierte que estamos ante la última oportunidad es porque ésta ya se nos ha ido de las manos. Pero la urgencia es sentida por todos, menos por el presidente de la República. Andrés Manuel López Obrador se ha entregado a la provocación. En lugar de ofrecer serenidad y confianza, se dedica al desplante. Si hay algo que fastidia a mis enemigos, lo haré mil veces. Si recibo una recomendación de los expertos, me burlaré de ella con mi conducta cotidiana. Yo, el supremo, no pretendo sujetarme a consejo de nadie.

    ¿Qué valor tiene la voz de un hombre que recomienda quedarse en casa, cuando pasa el fin de semana en la gira más absurda de su sexenio, a más de 2,700 km de distancia de su domicilio? Los errores y las imprudencias no ceden. Por el contrario, se incrementan. Eso es lo que hemos visto: la radicalización de la imprudencia. Acosado por las circunstancias, el Presidente se envalentona y tira al barranco lo que queda de su ascendiente popular. Estos eran tiempos para reinventarse, para adaptarse a la nueva circunstancia, pero el Presidente lleva su obstinación al extremo. Resulta inconcebible que, precisamente en estos momentos en que necesitamos a un jefe de Estado responsable y juicioso, el presidente de la República salude pública y afectuosamente, con visible cercanía, a la madre de uno de los criminales más siniestros de la historia reciente del país. Como adolescente caprichoso, López Obrador hace lo que se le da la gana sin medir las consecuencias. No solamente es irresponsable, parece esforzarse en proyectar su irresponsabilidad a los cuatro vientos. En su frenesí de provocaciones, el Presidente no hace más que correr al aislamiento del loco.

    Reescribo velozmente este artículo ante las revelaciones de su encuentro de ayer por la tarde. En la versión inicial de este texto imaginaba que, aunque resultara poco realista, había que insistir en la posibilidad de reinventar el gobierno ante la emergencia. Sugería la posibilidad de cambiar la conversación para hablar de lo que importa hoy: el presente y el prójimo. Tal vez la gravedad de la coyuntura pudiera alentar la concentración en lo urgente. Pero la frenética sucesión de desplantes de este fin de semana, la abominación del saludo fraternal del domingo es para poner los pelos de punta a cualquiera. Esto no es una insensatez: es una provocación. Frente al aviso de la peor tormenta sanitaria y económica de la historia contemporánea de México, el capitán del barco suelta el timón para pasearse por la cubierta del barco tocando el violín, diciendo insensateces, deleitándose con la manera en que incordia a la tripulación y a todos los pasajeros. Sé que no les gusta a mis adversarios, pero mírenme a mí, tan despreocupado.

    El virus lo cambia todo. No será una ventisca pasajera, una tormenta que azota, deja muertos y se va. El México que salga de la emergencia sanitaria poco tendrá que ver con el que recibió el 2020. Los planes de la administración, históricos para unos, absurdos para otros, perdieron sentido. Hasta los más ardientes defensores del proyecto de López Obrador lo admitirían. Pero el Presidente se ha instalado en la negación. No se ha dignado siquiera a cambiar su agenda, ni mucho menos se ha dispuesto a cambiar su discurso. Le parece más importante en este momento viajar miles de kilómetros para supervisar las obras en un gimnasio que coordinar la respuesta ante las catástrofes que vienen. Prefiere lanzarse contra los enemigos de su obsesión que dar al país un mensaje de sensibilidad y firmeza.

    Aunque se resista a reconocerlo, el legado del presidente López Obrador se juega en las próximas horas. No será el partero de la Cuarta Vida de la patria, pero podría ser el digno Presidente de la emergencia. Cada vez parece más improbable que esté a la altura. Su gobierno ha quedado irremediablemente sellado por la pandemia y la recesión que vendrá. No corresponde al gobernante el lujo del artista que escoge libremente asunto, material y tono. Al político le toca encarar la realidad que tiene enfrente, no la que esperaba encontrar. Eran tiempos para la adaptación, no para la obstinación. Al terco le correspondía, en esta prueba, ejercitarse en la virtud contraria: agilidad. Insistir será ahondar en el fracaso. Incapaz de reinventarse y tocar realidad, todo indica que el gobierno, será cómplice y no atenuante de la catástrofe.