Ecos de la convecion bancaria y el trabalenguas de Astudillo

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– Oye mi Luis ¿si era Casten o Cagstes? Usted sonría mi gober hermoso.
  • Carlos González Gamio

 

Los trescientos y algunos más

¿Será cierta aquella premisa de que todo tiempo pasado fue mejor? Todo tiene sus asegunes, diría el profeta popular. Y es que mis comienzos como reportero me tocó cubrir la fuente de negocios de un diario capitalino y asistí ininterrumpidamente un lustro a las Convenciones Nacionales Bancarias, que invariablemente se llevaba a cabo en Acapulco.

El boato, las buenas maneras y la elegancia se enseñoreaban en el flamante Centro de convenciones. Las damas con elegantes atuendos, al igual que los banqueros y sus convidados, todos con guayaberas blancas y pantalones de lino.

Veía desfilar en los grandes salones o platicar en grupitos de cuatro a seis personas a señorones de la talla de Carlos Abedrop, don Rubén Aguilar, Aníbal de Ituribide, don Raúl Bailleres, Ladislao López Negrete, don Agustín Legorreta, Pepe Pintado, don Carlos Trouyet, Eloy Vallina, don Manuel Espinosa Yglesias, (ya había fallecido don Salvador Ugarte), Juan Cortina Portilla, Roberto García Mora, Pepe Castelló Iturbide, Antonio de la Cerda, y toda una pléyade de hombres de la banca que después de arduas sesiones de números, balances, prospectivas financieras y demás se disponían a la milonga y a las grandes fiestas nocturnas.

Entre los funcionarios públicos no faltaban don Antonio Ortiz Mena, don Jesús Rodríguez y Rodriguez, Don Hugo B. Margáin, Don Antonio Carrillo Flores,  Gustavo Petriccioli, Miguel Mancera, Mario Ramón Beteta o el recién desaparecido Jesús Silva Herzog.

Fueron días de bonanza financiera para el país. Los tiempos de famoso desarrollo estabilizador que mantuvo nuestro abofeteado peso en una paridad pareja de 12.50, por casi veinte años.

Los bancos prestaban sin intereses leoninos y los negocios prosperaban y crecían sostenidamente. ¡Qué tiempos aquellos señor don Simón!

Por las noches, algunos de los mejores anfitriones en sus grandes villas y mansiones del fraccionamiento de Las Brisas, edificado por Trouyet, eran Roberto García Mora, quien materialmente “echaba la casa por la ventana” y don Fausto Celorio, magnate de las maquinas tortilladoras. Champaña a raudales, manjares de langosta y caviar dignos de un jeque árabe; fiestas de las mil y una noches que envidiaría un Marajá de la India. Había con qué.

Ahora esta Convención Bancaria que acaba de concluir, cumple 80 años y ha sufrido algunas modificaciones y se le añadió un día a sus trabajos. También, los miembros del presídium tuvieron que asistir de blazer acorde con el atuendo del presidente quien sufre fríos por el aire acondicionado del salón de sesiones.

Además, en un hecho insólito, hubo cuatro mujeres acomodadas en el presídium, el cual no fue tan numeroso como antes, sino de solamente 25 gentes. Pero adicionalmente es la primera vez en la historia de la Convención de banqueros una mujer clausura el evento, tocándole este honor a la subsecretaria de hacienda Vanessa Rubio, una deferencia especial del caballeroso Pepe Meade, secretario del ramo.

También un hecho destacado fue la despedida, después de 35 años de asistencia del doctor Agustín Castens, que dicen los que lo conocen goza de cabal salud. El robusto financiero fue por cierto ampliamente ovacionado por los mil trescientos asistentes puestos de pie.

Entre las personalidades que dieron la sorpresa Paco Gil, quien comentó que a sus saberes el mejor discurso fue el de José Antonio Meade. El carismático mandamás de hacienda dijo, entre otras cosas, que la primera vez que sesionó la convención hubo una concurrencia de 41 asistentes y que el ministro de hacienda no fue y mandó en su representación a un subsecretario; que fue hasta la tercera convención que asistió el secretario de hacienda Eduardo Suárez, porque le encantaba Acapulco.

También sorprendió la presencia del exdirector del Banco de México Miguel Mancera quien iba acompañado de su esposa, que disfrutaron enormidades de la magnífica ponencia del exsecretario de estado norteamericano Colin Powell, que también lo fue de defensa. No cabe duda de que los hombres auténticamente grandes lo son también en su sencillez. Powell llegó sin un solo hombre que formara parte de algún aparato de seguridad, sonriente, afable saludando a todo el mundo.

Por cierto que mucha hilaridad causó el hecho de que el gobernador Astudillo nunca pudo pronunciar el apellido Carstens; le decía… “Doctor catses…o Carsts o Casens”

Bueno mejor que cuide a susgobernados. Eso es lo importante. Pero hasta los próximos 300 y… algunos más…

Publicado en EL SOL DE MEXICO

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