Acapulco: Violencia, ineficiencia y corrupción 


Por Alfredo Ríos Camarena.

¿Hasta cuándo y hasta dónde las autoridades evitarán este asesinato colectivo de una de las fortalezas icónicas del turismo nacional?

Acapulco representa el bastión más importante del desarrollo turístico de México; desde los años 40, en que se convirtió en el atractivo de las grandes estrellas del cine nacional e internacional, por sus playas hermosísimas y por su clima extraordinario, ésta ciudad tuvo un crecimiento exponencial: primero fueron las grandes inversiones hoteleras con el impuso que le dio el presidente Miguel Alemán y, más tarde, las reseñas cinematográficas que desde la Segob impulsó Mario Moya Palencia, junto con ello, las primeras discotecas en México, como el famoso Tequila A Go Go, el Armando’s le club, el Boccaccio, el Tiberius y muchos más.

Las diversiones en la famosa Quebrada, con sus extraordinarios clavadistas, la construcción del Centro de Convenciones y, finalmente, la nueva autopista que, a pesar de sus deficiencias, acercó esta maravilla a los habitantes de la Ciudad de México.

Las últimas inversiones hoteleras se hicieron —hace ya varias décadas— en los hoteles: Acapulco Princess, el Posada Real, el Sheraton, el Hyatt Regency y el Camino Real; y también se desarrollaron condominios, surgiendo el Acapulco Diamante, con inversiones donde hubo una participación mayoritaria de mexicanos. Acapulco es y ha sido un icono de la belleza natural y el atractivo turístico, así como la fuente de ingresos de divisas más importante durante muchos años.

Sin embargo, el crimen organizado, el trasiego de la droga que cambió de mariguana a heroína, bajo la protección de las abruptas montañas del estado de Guerrero, han permitido un crecimiento exponencial de diversas células de criminales que se han dedicado al secuestro y a la extorsión en plazas públicas, en mercados, en los pequeños establecimientos, donde el “derecho de piso” es una realidad que se refleja en una guerra sin cuartel, entre pandilleros inescrupulosos que han asesinado, con enorme violencia y crueldad, a miles de ciudadanos que quisieron montar un pequeño negocio para mejorar sus vidas. Los gobiernos municipal, estatal y federal han sido desbordados por estas siniestras organizaciones y no han sido capaces de promover un clima de paz; están matando a la gallina de los huevos de oro.

Aunado a este panorama terrible, las protestas sociales de los grupos de la CETEG han estrangulado el paso a miles de viajeros nacionales, por los cierres de carretera, frente a la mirada tolerante e incapaz del estado; dichos cierres constituyen delitos federales como el atraco a las vías generales de comunicación, por lo que el gobierno —en más de una ocasión— ha declarado que no se permitirán más, pero la realidad es que la carretera se cierra y abre a voluntad de los manifestantes, mientras que los cientos de efectivos policiacos sólo participan ridículamente como observadores.

¿Hasta cuándo y hasta dónde las autoridades evitarán este asesinato colectivo de una de las fortalezas icónicas del turismo nacional? No se ve para cuándo, al igual que en Chiapas y Oaxaca sólo hay vagas promesas en reuniones larguísimas en la Segob, pero que siguen afectando a cantidades importantes de mexicanos que se encuentran impotentes frente a este fenómeno.

Debemos volver al Estado de derecho para que se respeten las garantías individuales y los derechos humanos de todos los afectados y evitar que Acapulco siga siendo destruido por la violencia, la ineficiencia y la corrupción.

Publicado en La Revista Siempre.

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