Si Acapulco hablara

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Hace ya algunos años algunos dueños de discotecas de Acapulco tuvieron una iniciativa a la que se sumaron con entusiasmo restauranteros, hoteleros y ciudadanos en general. Así nació la campaña a favor del puerto a la que llamaron: “Habla bien de Acapulco”. Bien por el intento de devolverle la dignidad a ese centro vacacional que tanto significa para millones de mexicanos. Pero, ¿qué pasaría si Acapulco hablara? Tiene mucho que decir de todos nosotros.

Siglos de historia; nada menos el mismísimo Hernán Cortés disfrutó la belleza del puerto y lo utilizó para emprender expediciones hacia California y Centroamérica, según lo narra Bernal Díaz del Castillo en Historia de la Conquista de Nueva España.

Posteriormente en 1565 se inauguró el servicio de transportación transoceánica del Galeón de Manila mejor conocido como la Nao de China, que de aquí se iba cargado de plata y cacao entre otros productos mexicanos y su regreso era anhelado por su contenido de especias, porcelana, marfil y telas, sobre todo la seda, como puede constatarse en múltiples pasajes de la literatura nacional.

Más allá de la exuberante historia portuaria se encuentran la infinidad de recuerdos personales que cada quien conserva del querido Acapulco. Durante generaciones las vacaciones por excelencia tenían como destino la costa guerrerense, o mejor aún, los recién casados preferían celebrar su luna de miel en Acapulco.

No lo recuerdo, pero tengo la seguridad de que mi primer contacto con el mar fue en Acapulco como muchos contemporáneos. Cómo olvidar aquellas jornadas de por lo menos ocho horas de carretera entre Pachuca y el mar. Estas ocho horas podían comenzar muy de mañana con la familia, o en la noche con los cuates, cuando a mitad de una parranda se tomaba la irresponsable decisión de jalarse para Acapulco. Como fuera, entrando al estado de Guerrero nos topábamos con Iguala donde se reabastecía de gasolina, se comía algo y por supuesto, me tomaba mi primera Yoli. Solo por eso conocía Iguala, nunca me adentré a la ahora siniestra ciudad. La recompensa del largo trayecto llegaba cuando por fin desde lo alto de la montaña, veíamos el mar.

La vida nocturna se desarrollaba en buena medida en discotecas como Le Dome, Tiberio’s y Armando’s Le Club en donde asistían personajes como: Frank Sinatra, Tony Curtis, Ava Gardner, Elizabeth Taylor, Estefanía de Mónaco, Ted Kennedy y tantos más. El Armando’s se cerró por un capricho de Carmen Romano de López Portillo, faltaba menos, por algo era la primerísima dama.

Algo que caracteriza a Acapulco es que es un centro turístico que puede ajustarse a todos los presupuestos. Su desarrollo urbano ha sido del noroeste al sureste de la hermosa bahía. Así, la parte barata ha quedado en la parte antigua. Ahí por la zona de La Quebrada han quedado hoteles memorables como El Flamingos que fue propiedad del Tarzán más afamado Johnny Weissmuller, quien ahí murió. Actualmente el desarrollo es de Puerto Marqués hacia el mar abierto del sur, conocido como Acapulco Diamante.

En gastronomía el puerto siempre ha ofrecido múltiples opciones. De aquellos buenos tiempos el Taj-Mahal es recordado como un lugar soberbio para comer langosta. Había que disponerse un día para ir a Barra Vieja a degustar un pescado a la talla con Cira la Morena, otro día comida árabe en el Haye’s con Cocol y Jimmy, o algún antojo en El Zorrito.

De lo anterior dan cuenta múltiples películas filmadas en el puerto, así como libros escritos en su honor. Ricardo Garibay escribió mucho sobre Acapulco que en la década de 1970 aportaba 42 por ciento de las divisas generadas por el turismo.

Todo esto se ha ido acabando, lo cual es perfectamente comprensible ante lo irracional de acciones como derramar los drenajes a la bahía.

Durante el salinato se construyó la autopista del Sol. Desde el principio resultó cara y mala, siempre está en reparación y por si fuera poco, es constantemente bloqueada por todo tipo de manifestantes. Situación agravada desde hace un año y siete meses en que ocurrió la tragedia de Iguala en la que desaparecieron 43 estudiantes de Ayotzinapa.

Actualmente se llega a Acapulco con temor, pues está considerada la ciudad más violenta del país. El amo y señor del puerto es el crimen organizado, integrado por el binomio criminales y autoridades.

El domingo 24 de abril fue particularmente violento. Hubo enfrentamientos en plena avenida costera Miguel Alemán, entre bandas de delincuentes y la Policía federal, provocando la paralización de la vida turística y la suspensión de clases. Días después el gobernador Héctor Astudillo, impotente, clama por la vuelta a la normalidad.

Qué triste realidad, ¿cómo hablar bien de Acapulco?, y si Acapulco hablara diría: me han llenado de mierda.

 

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