La “Cosa Nostra” en Acapulco


Por Anituy Rebolledo.

La Reina de la Mafia en Acapulco

Virginia Hill, la hermosa public relations de la Mafia estadunidense, visitó México por primera vez enviada por su novio Benjamín Bugsy (Gusano) Siegel. La misión que la traía era fortalecer la red del narcotráfico y al mismo tiempo analizar la posibilidad de instalar casinos en Acapulco. Siegel pertenecía a la familia del boss Salvatore Lucan, alias Lucky Luciano. A su destreza como matón impío se sumaba una notabilísima visión empresarial. Tanta que fue el creador del primer hotel-casino en el desierto de Mojave, Nevada –Flamingos–, simiente de Las Vegas, la futura capital del hedonismo universal.

El Gusano aparentó en México ser un banquero gringo estrafalario y tonto que repartía dólares a diestra y siniestra. En realidad contactaba a sembradores de mariguana, amapola y opio de Baja California y Sinaloa. Ofrecía los mejores precios del mercado e incluso otorgaba financiamientos al chas chas. Se trataba de un hombre que, desde muy joven, había cubierto el amplio espectro del crimen organizado, todo con grado de excelencia. Roba autos, trafica con drogas, asalta a mano armada, como proxeneta no tiene rival y como sicario es el más desalmado.

Cuando Bugsy visita Acapulco conoce el proyecto fallido de un primer gran casino para el puerto. Lo había planeado a todo lujo el general Juan Andrew Almazán, anexo a su hotel Hornos-Anáhuac-Papagayo. Se le ubicaba en el cerro de El Herrador (hoy Palacio municipal), comunicado por una majestuosa escalinata central y rampas laterales. El militar originario de Olinalá, Guerrero, se había construido su propia Costera y le había dado su nombre, pero por supuesto. Nacía en la hospedería prolongándose hasta el fuerte de San Diego, que entonces penetraba mar adentro unos cien metros. De ahí se desviaba a la derecha hasta las actuales Siete esquinas, para entrar al centro de la ciudad por Cinco de Mayo. Mismo trazo utilizado por la futura Costera.

Bugsy, el fin

Un año más tarde de su visita al puerto, la suerte le dará la espalda a Bugsy Siegal. Cuando, torpe y ambicioso, pretenda robarle los huevos al águila. Morirá acribillado en la residencia comprada por él para su amante Virginia Hill, luego de que sus jefes descubran en Suiza depósitos bancarios a su nombre hasta por dos millones de dólares. La orden para eliminarlo había partido del primer gran cónclave de La Cosa nostra, celebrado en La Habana, Club (hotel El Nacional), en diciembre de 1946.

El cónclave

A la reunión habanera, convocada por Charles Lucky Luciano asisten representantes de todas las familias del crimen organizado en los Estados Unidos. Sus denominaciones eran diversas: Mafia. Murder Inc, Cosa Nostra, Sindicato Nacional del Crimen y La Organización Además de la propuesta de “dar cuello” a Bugsy, fue votada unánimemente la designación de Luciano como Capo di tutti i capi. El histórico encuentro es recreado con asombrosa fidelidad en la cinta El Padrino. No faltó, a propósito, Frank Costello, cuya voz ronca y maneras fueron imitadas magistralmente por Marlon Brando.

Para ser declarado “Emperador de la Mafia”, Luciano vendrá por primera vez a América luego de ser expulsado de por vida de los Estados Unidos. Ello inmediatamente después de que el propio gobierno le conmute la pena de 30 años de cárcel por proxenetismo. Se pagan sus servicios prestados a la nación más poderosa del mundo por el sucio criminal italiano. Y, bueno, es que Lucky y sus bandas habían facilitado la invasión aliada a Italia y descubierto a muchos de agentes nazis encubiertos en Latinoamérica (aquí ondea la bandera de las barras y las estrellas escuchándose aquello de oh, say can you see…

El periodista español Juan Alberto Castillo hace revelaciones sensacionales en su libro La Cosa Nostra en México (1938-1950, Grijalbo) y entre ellas una singular propuesta de Meyer Lansky ante la cumbre habanera. Este, que fungía como cerebro financiero de la Mafia, propuso la urgencia de invertir en negocios legales y entre ellos grandes casinos de lujo en la propia isla, Las Vegas, El Caribe y Acapulco.

Misión a Virginia

Virginia Hill se entera en París de la muerte de Bugsy y también de que ella seguirá la misma suerte por ser cómplice. Vuela a Italia donde pide perdón arrodillada y besando la mano del capo. Luciano recuerda en ese momento que a Virginia se la había recomendado el propio Al Capone, a quien servía casi niña como mesera. No solo la perdona sino que le otorga una comisión vital para la Mafia. Viajará a México para abrir brecha en el nuevo proyecto de crear casinos en toda América Latina. Le recomienda: “los mexicanos presumen de ser tan buenos amantes como lo italianos, dales por su lado y sedúceles a cambio de fortalezas. Incluso al propio presidente de la República de quien se dice es un garañón. “¿Capisci?”.

Hospedada en el Hotel Reforma de la ciudad de México, la dama se convierte en asidua a su cabaret Ciro’s, donde su reúne tout le Mexique, o sea, la gente con la que ella necesita contemporizar. Al primero que se acerca es al gerente Alfred Cleveland Blumenthal –Blumi–, un judío neoyorkino, güero y casi enano dedicado a la promoción de espectáculos en Broadway. Orgulloso, por lo demás, de haber poseído en plena depresión estadunidense cinco autos Rolls Royce (15 millones de dólares). Aquí, Virginia descubre enseguida que el “chaparito” sirve como ella a Luciano.

Teddy y Beto

Tampoco lo sabían Teddy Staufer y Beto Barney, autores del éxito del Ciro’s del hotel Casablanca de Acapulco. De saberlo no lo tumban de un empellón al renunciar a sus puestos, cansados del mal carácter del enano sanababiche. Uno y otro manejaban el espectáculo del Ciro’s y las carreras de carreras de tortugas que tanta fama dieron al lugar. Un pasatiempo inocente que encubría apuestas jugosísimas. Teddy y Beto aprenderán tan bien el bisne que más tarde serán, cada quien por su lado, los anfitriones de la vida nocturna en Acapulco.

El Corsario

Pronto la relación Virginia-Blumi dará sus primeros frutos. Se inician en La Roqueta trabajos exploratorios para un primer gran casino de Acapulco. Se obtiene, mientras tanto, la autorización para trasladar al puerto el lujoso yate El Corsario, un casino flotante operando entonces en la zona costanera de Los Angeles, California.

El Corsario, que había pertenecido a la firma J.P. Morgan, abrirá sus salas de juego únicamente en aguas internacionales. No por mucho tiempo, ciertamente. La noche del 12 de diciembre de 1949, cuando recalaba a puerto, la nave se acerca demasiado a la costa para ser agujerando su casco por las rocas. Henry Nadden, su capitán, reportará a 46 pasajeros con golpes contusos y crisis nerviosas. Atestiguará más tarde, con los ojos enrojecidos, el encallamiento de su nave en la ensenada de Los Presos, de donde no se ha movido.

La Bernita se llamaba otra embarcación-casino operando también fuera del mar territorial. ¡Ajá! Se jugaba incluso atrás de La Roqueta y hasta se dirá que los croupiers eran agentes federales castigados. La Bernita operaba, además, como lenocinio sobre las olas, con la insólita oferta de mujeres de todas razas. Sobre este particular se contarán no pocas anécdotas de personajes acapulqueños. Uno exigirá la devolución de sus dineros cuando el mareo le impida cumplir como auténticos machito (“Pa’mi que es puto, el cabrón, dilucidará una jamona apodada La Rompecatres). Otro exigirá la devolución de su dinero acusando a la empresa de haberle dado gato por liebre. O sea, cuijleña por marroquí.

Cárdenas

Todos estos movimientos de la mafia y sus cómplices mexicanos, encaminados a convertir a México-Acapulco en una sucursal de Las Vegas, se daban en el régimen alemanista (1946-1952). Ello no obstante que el presidente Lázaro Cárdenas (1934-1940) había pintado diez años atrás su raya con una clase política cínica, inescrupulosa y corrupta. Lo hace decretando el cierre definitivo de los casinos propiedad del ex presidente Abelardo L. Rodríguez (1932 -1934), su compañero de armas y quien le había entregado la banda presidencial. Entre otros el complejo turístico de Agua Caliente, en Baja California, el Foreign Club de la ciudad de México y el Casino de la Selva en Cuernavaca. Un simple decisión administrativa que tendrá los efectos de un terremoto político, un golpe de timón que entusiasma a los mexicanos.

La medida será respetada por el sucesor Manuel Ávila Camacho, aunque no por su hermano Maximino, quien en realidad mandaba en muchas áreas del gobierno. Éste ofrecerá su casa en Caleta y Caletilla para un casino, pero el propio Frank Costello la rechaza porque el proyecto de la Mafia apuntaba a La Roqueta. Al final solo se quedarán con el Hipódromo de las Américas.

Picaportes

En su búsqueda de picaportes de acceso al poder mexicano, Virginia Hill conoce al capitán piloto aviador de la Presidencia de la República, Luis Amezcua y lo hace su amante. Será el propio militar quien se encargue de llevar hasta Pie de la Cuesta el yate Haig and Haig de su novia, temerosa de una acto de sabotaje. Amezcua era hermano de la actriz de cine Susana Cora (Un día con el diablo, con Cantinflas, Cadetes de la Naval y Jesusita en Chihuahua, con Pedro Infante), quien a su vez estaba casada con Chick Hill, hermano de Virginia.

Las fiestas de Virginia Hill en el Casablanca y en su residencia de Acapulco serán memorables por glamorosas y alocadas. La champaña corría a raudales y no faltaban las viandas exóticas, pero sin faltar nunca la paella valenciana, el platillo de la anfitriona. Más tarde, frente a la comisión senatorial Kefauver, encargada de investigar a la mafia italo-americana, la señora Hill es interrogada sobre el monto de sus gastos personales en tres años –500 mil dólares–, sin cubrir un solo centavo de impuestos. Ella se suena la nariz respingada y responde: “Porque mis ingresos son producto de mis proezas sexuales y tendría que inventarse un contador especial para darle gusto al fisco”. La carcajada del público interrumpirá la sesión.

Cuando el FBI descubre la presencia de Virginia en Acapulco –para todo mundo se trataba de una viuda millonaria–, su director Edgar Hoover enviará agentes especiales por ella. “A ese hijoeputa nunca podré seducirlo porque es un gordo maricón”, acusaba la dama negándose a abandonar el puerto. Será necesario que Luciano envíe por ella a Frank Costello, quien la convence diciéndole que ya nada hay que hacer aquí.

Ante la poderosa e implacable comisión senatorial Kefauver, la Mafia opta por levar anclas del puerto. Su saldo será positivo por cuanto al tráfico de drogas, pero nulo en lo que hacía a los juegos de azar. Solo un poco más y hubiéramos conseguido abrir Agua Caliente, escribe Meyer Lansky a Lucky Luciano. “Y tal vez fue lo mejor, porque de otra manera hubiéramos trabajado únicamente para los políticos mexicanos: no tienen llenadero, los cabrones”, epiloga.

Ante tantas hablillas, el presidente Alemán promulga el 30 de diciembre de 1947 la Ley de Juegos y Sorteos, cuyo artículos primero dispone: “Quedan prohibidos en todo el territorio nacional, en los términos de esta ley, los juegos de azar y los juegos con apuestas”.

Virgina, el fin

Narra el periodista Fabrizio Mejía Madrid (Tiempo Fuera), que una noche en el Ciro’s del Reforma Casablanca, departen Virginia y su cuñada Susana. La gringa, cuya marca eran 15 jaiboles por noche, se pasa esta vez de cocaína llegándole pronto el coma. Susy llama a su hermano quien llega raudo para salvar milagrosamente a la mujer.

Virginia Hill y Luis Amezcua morirán violentamente en 1966 con diferencia de dos meses y en dos continentes distintos. El militar ametrallado en Tampico, Tamaulipas, y la dama en Klosters, Austria, víctima de una sobredosis de somníferos. La autopsia revela la presencia en la sangre de 22 químicos diferentes, lo que hace sospechar al FBI de una ejecución estilo Murder, Inc. No obstante, el director Edgar Hoover, “el gordo maricón” aludido por Virginia, detendrá cualquier investigación. Feliz de haber quitado de enmedio a una voraz come hombres, como él.

Fuente: http://suracapulco.mx/archivos/148373

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