David Espino, periodista mexicano, es autor de este libro que muestra, con muchos detalles, cómo el puerto más famoso de México se transformó en el campo donde los cárteles de la droga libran una cruenta batalla.


Por Jesús Rodríguez Montes

No hay ciudad en México tan conocida en el mundo como Acapulco. No hay ciudad en México a la que se le hayan dedicado tantas canciones como a Acapulco, o donde se hayan filmado tantas películas, como en Acapulco. En español y en inglés.

Por décadas consecutivas, desde los años 40, Acapulco fue el refugio para el confort preferido por divas y famosos. Actores, políticos, empresarios y turistas de todo el mundo eran frecuentes visitantes, seducidos por el sol y por la playa.

Con el tiempo Acapulco ha ido cambiando. Sigue siendo uno de los puertos en México preferidos por turistas europeos, estadounidenses, de varios países, y sin embargo ya no es igual.

La transformación más drástica, en el prestigio que ha ido perdiendo Acapulco, se debe a la pugna que sostienen cárteles de la droga que, desde 2005, están librando una guerra que ha dejado muchos muertos porque quieren controlar la distribución y venta.

También porque el puerto representa un punto estratégico para la distribución hacia el norte, con destino hacia Estados Unidos, y hacía el sur, con destino a países del resto del continente.

El periodista mexicano David Espino es autor de “Acapulco dealer, crónicas de la narcoviolencia en Guerrero” (primera edición, Chilpancingo, México, Editorial Universidad Autónoma de Guerrero, 2011), una investigación periodística que, a detalle, describe una cara de Acapulco que se ha tornado violenta, la de la droga, la que se están disputando grupos de la mafia mexicana, lo mismo en las discotecas de lujo, en la playa con hoteles de cinco estrellas, que en los barrios pobres.

La violencia asociada con el narcotráfico en México simplemente es demasiada. Y en ciudades como Acapulco se manifiesta casi todos los días: 6 mil 621 ejecuciones extrajudiciales de acuerdo con datos recopilados entre 2005 y 2010 por la Secretaría de Seguridad Pública.

“Y de cinco años para acá mencionar el nombre de este puerto representa dos cosas: droga (cocaína, morfina, mariguana, hachís, tachas y sus 79 variantes, crack, cristal) y playa. Estos dos ingredientes son parte de la dicotomía de la fatalidad, éxito y fracaso del Acapulco contemporáneo en el planeta”, escribe Espino, en “Acapulco dealer, crónicas de la narcoviolencia en Guerrero”.

David Espino, dos décadas ejerciendo el periodismo, ha documentado el fenómeno de la narcoviolencia” en Acapulco y en otras ciudades de estado de Guerrero, donde las bandas han estado más activas por el control de la droga.

En entrevista, Espino afirma: “observo una especie de colombianización, de medellinización, si se me permite el neologismo, en Acapulco. Las colonias de Acapulco a donde se ha desplazado la violencia se parece mucho a la que vivió Medellín en los 90. Con narcos locales que tienen control de zonas completas, con una estructura de mando muy parecida no sólo a la colombiana en las comunas (así se le llaman a las barriadas), sino a la brasileña, en las favelas”.

En Colombia, como en México, no ha sido fácil para el gobierno desarticular a los grupos del narco porque participan muchas personas, una estructura en la que tienen tareas lo mismo muchachos pobres que reparten la droga, o policías y funcionarios que se han corrompido con las bandas. Una estructura que existe gracias a que es un negocio de muchísimo dinero.

Y en Acapulco, esa situación se expresa de la siguiente manera: “en Acapulco venden droga los parianeros, los chulos de playa, los pescadores, los taxistas, en los hoteles, en el zócalo es fácil conseguirla. La venden en casas de colonias clasemedieras, en todos lados”, afirma Espino.

Un negocio ilícito tan rentable como peligroso. De acuerdo a Espino, informaciones extraoficiales de la Procuraduría General de la República estiman que tan sólo del 2008 y 2013 el negocio de la droga superó las divisas que ingresan a Acapulco por la industria del turismo.

De la narcoviolencia todos conocen en México, porque no hay ciudad del país en la que no opere el negocio de la droga. Pero hay ciudades, como Acapulco, en Guerrero, o Guadalajara, en Reynosa, en las que se manifiesta con más severidad.

Los grupos de ciudadanos, políticos, empresarios, intelectuales, entre otros,  que quieren que termine esta guerra del narco, se han agrupado en dos bandos: los que están de acuerdo en que continúe el plan implantado por el pasado presidente Felipe Calderón Hinojosa, que consiste en un combate frontal a los cárteles mediante las fuerzas armadas, la guerra contra el narco, y los que optan por medidas como la legalización de la venta de mariguana y un programa más a fondo en el combate a las adicciones, de esta manera se ocasionaría una contracción severa en el mercado negro y, en consecuencia, dejaría de ser redituable para las bandas que lo controlan.

Ahora que en  Washington y Colorado, en Estados Unidos, se ha legalizado el consumo de mariguana con fines recreativos, en México nuevamente el debate está en la mesa.

David Espino afirma que está de acuerdo con abrir el mercado legal de la mariguana “sobre todo porque México se ha resistido a esta medida, una medida, por cierto, que pararía de algún esta batalla cruenta que se está dando entre cárteles de la droga y entre fuerzas del Estado”.

En Acapulco, explica, “la venta de mariguana es de las actividades más remunerativas en todo el abanico de drogas que se pueden vender en las calles. Hay familias enteras que viven de vender mariguana.

Colonias, incluso, o barrios, pero me parece que México, y Guerrero, si queremos pensar que el estado asumiría en lo local una reforma de esta naturaleza, está muy lejos aprobar una medida así.

De modo que pienso que esta violencia diaria, sistemática, generada por la distribución no sólo de la mariguana sino de la coca, entre otras drogas no parará en el corto plazo”.