Por Tryno Maldonado

Marbella Vargas, la madre de Édgar Andrés Vargas, es quien suele atender a las pocas visitas que reciben en un departamento de la capital del país que la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV) les ha facilitado, muy lejos de San Francisco del Mar, Oaxaca, el pueblo del Istmo donde reside normalmente.

El lugar les ha sido prestado para la convalecencia su hijo desde que saliera de la hospitalización. Se trata del estudiante de tercer grado de la Normal Rural de Ayotzinapa que sobrevivió a uno de los ataques de las fuerzas del Estado y del crimen organizado la noche del 26 de septiembre y la madrugada del 27 en la ciudad de Iguala. Los únicos que entran al departamento desde entonces son familiares.

A pesar de que no veo a nadie más en el departamento, al cruzar la puerta percibo el vacío recién dejado por una tercera presencia. Miro a mi alrededor: nada.

Marbella lleva un conservador vestido floreado hasta los tobillos y su tono de voz —contrario a lo refractario que se esperaría en esta primera cita que da a un medio— es un goteo tenue sobre el terciopelo. Es posible darse cuenta de que Marbella fue una mujer de sonrisa fácil antes de lo ocurrido con su hijo.

Entre los muebles impersonales del departamento, indistinguibles de los de un hotel, destaca un elemento fuera de contexto: una hamaca de hilaza azul y blanca.

La han colgado de manera improvisada entre dos pilares —calzados los lazos con cartones, pues alguien tuvo la consideración de hacerlo así para no descascarar la pintura blanca—, pero la distancia entre ambos extremos no es la adecuada. Puesta así, en mitad de este departamento aséptico de piso frío del DF, la hamaca istmeña se asemeja más a una red de pescar demasiado tensa.

—¿Usted la trajo? —le pregunto a Marbella.
—Ah, sí —dice como si la hubiera descubierto haciendo algo indebido en el departamento a préstamo—. Para arrullar a mi sobrina.

Ambos bajamos la mirada sin saber cómo reconocer el motivo que nos ha reunido después de una larga espera de semanas. No es sino hasta que le señalo la bolsa de totopos del Istmo en la mesa del comedor cuando en los ojos Marbella se deja ver un brillo fugaz.

—No sabía que ustedes eran de Oaxaca —digo.
—¿Usted también?

Sonreímos por primera vez, una especie de reconocimiento mutuo. Afuera, se escucha el sonido la sirena de una patrulla. Marbella se estremece.

* * *

Édgar Andrés Vargas tiene 20 años. Nació en Tuxtepec, Oaxaca. Segundo hijo de cuatro de un profesor de primaria. Su madre, ama de casa.

Édgar decidió irse a los 17 años a estudiar por iniciativa propia y lejos de su hogar la misma carrera que su padre, la licenciatura en educación en la Normal Rural de Ayotzinapa Raúl Isidro Burgos, a la que ingresó hace tres años. La reacción de su padre fue negativa. “Ayotzinapa está muy lejos”, le dijo a Édgar.

No logró desanimarlo. Su hermano mayor había intentado inscribirse en las normales rurales de Tamazulapan, en Oaxaca, y Tenería, en el Estado de México, sin éxito. Contrario a las recomendaciones de su padre, Édgar y un primo hicieron el largo recorrido para presentar las rigurosas pruebas de inducción en Ayotzinapa, en el municipio de Tixtla, Guerrero.

Su madre le pidió a Dios que su hijo resistiera la dura semana de prueba. Édgar fue admitido en los primeros lugares del escalafón. 

Dice Marbella que Édgar es bromista y juguetón. Cuando volvió de las pruebas en Ayotzinapa con la cabeza rapada y con varios kilos menos, asoleado por las jornadas de trabajo en el campo, la ropa holgada, su padre y su madre no pudieron evitar el llanto.

“¿Por qué lloran? —dijo Édgar desconcertado—. ¡Pasé todas las pruebas!”.

Los tres se abrazaron y lloraron juntos.

El día que Édgar regresó a la normal de Ayotzinapa para iniciar sus clases, su madre le preparó enfrijoladas. Más tarde, por la noche, alrededor de las nueve ella y su padre lo acompañaron hasta Salina Cruz, donde antes de abordar el siguiente autobús, Édgar se comió una torta cubana gigante, una orden de tacos, un jugo y un refresco.

“Hijo, no te vayas a empachar”, dijo Marbella mirándolo en los huesos pero sin poder evitar las carcajadas.

Desde allí, Édgar partió a Acapulco por su cuenta y al día siguiente hacia Ayotzinapa.

A diferencia de sus compañeros de generación en la normal de Ayotzinapa, donde predomina la música de banda, a Édgar le gusta escuchar pop y rock. Él, como todos en su familia, es cristiano. No escucha otro tipo de música que no sea la de su iglesia.

La última persona que habló por teléfono con Édgar la noche del 26 de septiembre de 2014 fue su padre, el profesor Nicolás Andrés Juan.

“Sé fuerte —le dijo—. Nuestro señor Jesucristo está contigo”.

Édgar fue incapaz de responderle. Su compañero Omar García le había colocado el auricular al oído mientras él se desangraba rápidamente a través del rostro destrozado. El fin de la bala que impactó a Édgar no era mutilarle la cara sino quitarle la vida.

* * *

El departamento donde Édgar convalece desde hace meses se encuentra en un cruce de avenidas donde el tráfico no da tregua. Hay que hablar alto. Alzar la voz en el hogar de un convaleciente no puede hacerse sin sentir que se insulta un orden frágil y preestablecido. Así que Marbella y yo nos mantenemos hablando acerca de la comida oaxaqueña casi en un susurro, como si ambos temiéramos despertar a alguien.

Miro con discreción en todas direcciones. Pero de Édgar no encuentro rastro. Me doy cuenta de que en la mesita de la sala, a unos metros de mí, sobre una laptop Acer recién abandonada, unos audífonos se balancean colgados de los cables. Aún es posible escuchar el rumor de la música que su dueño escuchaba antes de que notara mi aparición y huyera a esconderse.

La presencia contigua de Édgar desde el otro lado de la puerta de su habitación es un tercer elemento manifiesto con el que dialogamos sin dialogar durante toda la tarde, de manera silente. Desde que sufrió el ataque, Édgar suele comunicarse mediante mensajes de texto.

La condición para que la entrevista tenga lugar es que yo no lo vea. La única persona fuera de sus padres y hermanos con quien Édgar tiene contacto directo, además de los médicos, es su prima, que lo visita con frecuencia.

Su hermano de nueve años ha tenido que abandonar su vida y escuela en Oaxaca e irse a vivir también al DF. Después de Édgar, el menor es quizá quién más reciente sicológicamente el duro proceso por el que transita la familia.

Los médicos aguardan a que la condición de Édgar mejore para que puedan realizarle una segunda intervención quirúrgica. A la fecha, Édgar carece todavía de dientes frontales superiores. También perdió parte de la nariz. En los últimos siete meses le han practicado una traqueotomía y dos cirugías.Fue intervenido también en uno de los riñones y  se alimenta por una sonda. Es Marbella quien lo alimenta. Los médicos y la familia tienen esperanzas de que su condición sea lo suficientemente óptima en algunos meses para que intenten implantarle nuevas piezas dentales.

Aunque Marbella ha concedido que haga una entrevista, en definitiva esa tarde Édgar no permitirá que yo lo vea.

* * *

Cuenta Marbella que desde niño Édgar fue muy cariñoso con los animales. No admitía que se cometieran injusticias contra ellos. Cuando al pequeño Édgar le tocaba atestiguar un acto de violencia contra algún animal callejero y no podía hacer algo para evitarlo, volvía a su casa y lloraba desconsolado.

Siempre había animales en la casa de techo de palma. Un día Édgar se enfermó de asma. El médico prohibió que hubiera más animales en su entorno. Sin embargo, al verlo triste, Édgar y su madre llegaron a un acuerdo: tendrían un perro. La raza favorita de Édgar son los huskies siberianos. El único que pudieron conseguir sus padres fue de una cruza indefinible. Un animal pequeño al que nombró Yogui.

Cuando Édgar llegaba de la escuela, Yogui corría a recibirlo y saltaba encima de él. Como Édgar no ha estado en casa, Yogui se deprimió y su salud decayó hasta morir.

La comida favorita de Édgar son las enchiladas. En las pocas ocasiones en que Édgar tenía permiso en Aytozinapa para visitar su pueblo, Marbella lo consentía. Huevo estrellado con salsa de tomate. “Tierno —especifica Marbella— no muy cocido”. Y en ese momento mira hacia la puerta cerrada del dormitorio de Édgar, como si quisiera ocultar el gusto secreto de su hijo que acaba de revelar. “Pescado y camarón, muy poco —prosigue Marbella al tiempo que niega con las manos— a pesar de que somos istmeños”.

El 21 de diciembre pasado Édgar cumplió 20 años. Contrariando las negativas de su hijo, Marbella había ahorrado en secreto para hacerle una tardeada en el pueblo con sus amigos. Refrescos y botanas en la casa. La fiesta jamás tuvo lugar.

La noche del 26 de septiembre, varios grupos de policías municipales bajo el conocimiento de la Policía Federal y del Ejército, dispararon en cuatro distintos episodios contra tres autobuses ocupados por estudiantes de la normal de Ayotzinapa en el centro de la ciudad de Iguala; y dos más en las inmediaciones del puente elevado del Tecnológico de la misma ciudad.

A diferencia de la versión oficial de la PGR, los 43 normalistas desaparecidos jamás estuvieron ese día en el mismo lugar; salvo en las instalaciones de la normal antes de las 17:30 horas, donde realizaban distintas labores en los módulos de producción.

No fue, sin embargo, hasta el último ataque contra los normalistas sobrevivientes, reporteros y profesores de la CETEG que se habían reunido en el lugar de los hechos alrededor de la medianoche para auxiliar y realizar una rueda de prensa —unas cien personas en total— para informar que Édgar, como otros de sus compañeros, recibió el disparo que llevaba la intención de quitarle la vida.

Los primeros destellos vinieron de detrás del camellón del periférico, a la altura de un árbol de pochote ahora podado. Nadie supo qué ocurría. Pero las descargas contra la multitud fueron feroces y ya no les dieron tregua.

Édgar evitó ser asesinado al rodarse sobre el suelo cuando se acercó uno de los pistoleros vestidos de civil que llegaron en un último momento en la camioneta roja tipo pick up desde el lado oeste del Periférico Norte. Su verdugo ya preparaba un segundo y definitivo tiro contra su cabeza.

Los primeros testimonios de sus compañeros normalistas vuelven a ver a Édgar sólo hasta que él, con muchos esfuerzos, les dio alcance mientras corrían en estampida sobre la calle Juan N. Álvarez, en dirección sur. El rostro mutilado. La respiración flemosa y agitada. Burbujas rosadas saliendo de los orificios de su rostro con cada expiración. Su mano teñida de rojo cubriéndole la cara que se inflamaba y amorataba más con cada paso. La carrera más dolorosa de toda su vida. 

Édgar se desangraba con mucha rapidez. Las encías le quemaban. Un asqueroso sabor a cobre del que, aunque escupiera al piso, no se podía librar. El  calor en la cara como una llama era todo lo que Édgar percibía. Gritos frenéticos, caos y confusión. Había perdido los dientes superiores por el impacto.

El disparo que mutiló a Édgar fue realizado sin misericordia por un pistolero joven, casi tan joven como él.

Cuando notaron que Édgar estaba herido, al menos dos estudiantes y después otros dos o tres más, volvieron para auxiliarlo y hacerlo avanzar en hombros a lo largo de la calle Juan N. Álvarez. Detrás de ellos, sobre sus cabezas, muy cerca de sus oídos, los disparos del grupo de pistoleros apostados en la coyuntura que forma la estrecha calle con el Periférico Norte, les pasaban rozando.

El sonido era el zumbido endemoniado de un panal de avispas que alguien acabara de patear. Destellos como estrellas nacientes en la profundidad del Periférico mal iluminado y de la noche nublada y salvaje.

Algunas balas de las armas de alto poder sacaban chispas al impactar contra el concreto. Algunas otras hacían cantar a los metales. Una melodía infernal de la que ninguno de los muchachos podrá olvidarse.

* * *

Ni Édgar ni los otros estudiantes tenían forma de saberlo. Aquella noche, desde hacía unas horas, 43 compañeros habían sido desaparecidos por fuerzas del Estado. Otros dos de ellos, decenas de metros a sus espaldas, descansaban sin vida sobre el macadán ensangrentado y alfombrado de casquillos del Periférico. Eran Daniel Solís y Julio César Ramírez. Édgar Andrés Vargas bien pudo haber sido el tercero.

En la Clínica Cristina donde se refugiaron algunos normalistas al terminar la balacera sin ser atendidos por el personal y posteriormente amenazados e interrogados por militares, Omar García —miembro del comité estudiantil de la normal de Ayotzinapa que había llegado con Édgar y otros compañeros a auxiliar a los heridos en dos camionetas Urvan— marcó el número del padre de Édgar y le colocó el aparato en el oído. Édgar, que se enjuagaba la sangre de la boca como si se secara el sudor con el dorso de la mano, ensayó decir algo, pero su garganta sólo emitió un gemido. Entonces se deshizo en llanto.

“Sé fuerte —le exhortaba su padre desde el otro lado de la línea, en Oaxaca—. Aguanta.”

“No lo dejes solo”, le suplicó el padre de Édgar a Omar García a través del celular.

Omar se había despojado de su propia playera para ayudar a contener con ella el sangrado de Édgar. Más tarde, luego de ser amenazados y fotografiados por miembros del ejército, junto a un profesor de la CETEG que pidió no ser identificado, los tres abordaron un taxi que los llevó al hospital general. Debieron simular que fueron víctimas de una pelea de cantina. Ningún taxi aceptaba auxiliar a los estudiantes.

A las dos de la madrugada los padres de Édgar salieron a toda prisa hacia Juchitán para tomar un autobús rumbo a Oaxaca. No completaron el extenuante trayecto a Iguala sino hasta las cuatro de la mañana del día siguiente. La doctora que los recibió les aseguró que Édgar no sobreviviría.

“Sé fuerte —repetía la voz del padre de Édgar en el celular mientras la mano temblorosa de Omar lo sostenía—. Aguanta. No estás solo. Nuestro señor Jesucristo está contigo y no te va a dejar solo.”

* * *

Cuando terminamos de hablar, Marbella rompe en llanto. Casi al mismo tiempo, al fondo del frío departamento, la puerta del único dormitorio a la que no hemos podido quitarle la vista ni por un minuto, se abre por un instante. Marbella se limpia las lágrimas. Es apenas una rendija oscura la que se vislumbra desde el interior. Pero enseguida vuelve a cerrarse. Silencio. El rumor constante de los coches desde la avenida regresar a reclamar su gobierno.

Fuente: http://www.m-x.com.mx/2015-04-27/edgar-andres-sobreviviente-de-la-noche-de-iguala-por-tryno-maldonado/