Por Carolina Raymundez.

En los últimos ocho años hubo más de setenta mil muertos por el narcotráfico en México. Muchas muertes ocurrieron en Morelia, la hermosa capital de Michoacán donde pronto se celebrará el Festival Internacional de Gastronomía y Vino de México. Habrá mariachis, chefs de fama global y platos tradicionales de un país donde la comida es Patrimonio Inmaterial de la Humanidad en uno de los estados más devastados por el narco. Llegarán visitantes que comerán tacos con chile y limón, brindarán con tequila y bailarán corridos. 

A pesar de las crisis, la violencia del narco, el terrorismo, las catástrofes aéreas recientes, las guerras y las epidemias, el turismo no detiene su motor. Lo acelera. Tan sólo en 2014 se movilizaron 1.138 millones de turistas –51 millones más que en 2013– que gastaron 1,4 billones de dólares. La tasa de crecimiento reciente de la actividad supera el 4% anual según la Organización Mundial del Turismo. Crece más que la economía global: desde hace seis décadas está en expansión y genera uno de cada once trabajos en el mundo. Crece, como un monstruo omnívoro que produce ganancias y se alimenta hasta de las desgracias, se recupera de todos los reveses, vuelve a levantar la cabeza y anda. Y allí se suman sensaciones como las que despierta la Cuba que restablece relaciones con EE.UU.; la tensión permanente de Oriente Medio; o las huellas de Pablo Escobar. Son nuevas “atracciones”. 

En Guerrero, allí donde desaparecieron los 43 normalistas mexicanos, se encuentra el balneario en el que en los 50 veraneaban y filmaban Liz Taylor y Elvis Presley que se vio afectado por el crimen organizado. El Tianguis, una de las ferias más importantes de turismo que se montó durante 30 años en Acapulco, se mudó a Puerto Vallarta. Y sí, hoteles de veinte pisos y miles de habitaciones sobreviven semivacíos en un territorio donde las balaceras y las ejecuciones son cotidianas.

Cae Acapulco, pero el turismo no. Se fortalece el Caribe: Cancún, Playa del Carmen, Cozumel. En marzo llegaron a esas playas más de 50 mil springbreakers –estadounidenses de diecisiete años. Se toman una semana de vacaciones, beben margaritas como agua, organizan concursos de “remeras mojadas” y dejan más de setenta millones de dólares. Según la Subsecretaría de Planeación y Política Turística de México, en 2014, hubo más de 29 millones de turistas internacionales, 20,5 % más que el año anterior. Y el ingreso de divisas por visitantes extranjeros registró un récord histórico: más de 16 mil millones de dólares. Sigue la fiesta, sigue el show. ¡Viva el turismo!

Al caso mexicano se suman otros igual o más violentos. El terrorismo golpeó a Túnez hace tres semanas; antes a EE.UU., Egipto o España. Después de la matanza del Museo del Bardo tunecino, la compañía de cruceros MSC canceló todas las escalas en ese país durante el verano 2015 “en favor de la seguridad de sus pasajeros y tripulantes”: entre los muertos hubo cruceristas. Las revistas de viajes tardarán en publicar notas sobre Túnez, y posiblemente disminuya el turismo en ese país por algún tiempo. También fue un problema para Egipto –el destino más antiguo del mundo– la enorme baja en el turismo (el 10% de su economía) tras la Primavera Arabe y la caída de Mubarak. 

Aunque hoy parezca lejano y lleve algunos años, los expertos afirman que la industria se reencauzará. Así ocurrió luego de la masacre de turistas en 1997 en el templo de Hatshesupt, en el Valle de los Reyes. ¿Cuántos atentados soportará la industria sin chimeneas? No se sabe, pero así como existen celulares waterproof , el turismo se comporta de modo crisisproof .